Columna hueca
Terroríficamente muertos (Sam Raimi, 1987) es una de las películas más importantes de mi vida, y fue en las páginas de la legendaria revista Fantastic Magazine donde descubrí que estaba hueca. ¿Cómo es posible que aquella película que convertía mi cabeza en una olla exprés en realidad no tuviera nada que decirme, ni un mísero mensaje? Cito de memoria: «No trata de nada, son puñetazos de celuloide en estado puro». Era un comentario positivo, y gracias a él pude concretar algo que me ha acompañado toda la vida. La obra maestra de Sam Raimi no está levantada en torno a un tema concreto. Sin embargo, está atiborrada de ideas. Escena a escena, por momentos incluso plano a plano, su director inventa soluciones visuales y las propulsa hasta el límite como si su cámara fuese la primera en salir de la fábrica y el cinematógrafo acabase de nacer.
Mi adolescencia coincidió con un momento en el que una parte de la crítica española decidió aniquilar la pereza con la que las firmas de prestigio afrontaban el cine palomitero, las películas de explotación, los géneros de usar y tirar. Los críticos que me enseñaron a ser ambicioso a la hora de analizar la basura, muchos aglutinados en torno a aquella revista, fueron los primeros en señalar autores y obras que hoy en día se consideran intocables.
A día de hoy no es provocador que un crítico le ponga la puntuación máxima a una película de superhéroes taquillera o a una sorpresa minúscula de terror. Pero el estilo de crítica más popular e imitado, no sólo en nuestro país, es el que sigue el camino opuesto al de Sam Raimi: decir algo sin añadir ideas. La inmediatez de las redes, la precariedad del sector, la influencia de ciertas firmas longevas que dicen las cosas «como son» y el gustirrinín antiintelectual son la razón por la que cierta crítica profesional y la mayor parte de la aficionada se limitan a describir. Describir lo que han visto y describir lo que han sentido. Dedicar una porción generosa del texto a reproducir la trama (con más detalle del que incluye la nota de prensa, pero sin alertar demasiado a la policía del spoiler) y rellenar el resto con opiniones directas expresadas con adjetivos y verbos copulativos. Un estándar favorecido por la economía de estos tiempos al ser la forma más rápida y fácil de posicionarse y alcanzar el número de caracteres bajo contrato.
Pero hay trampa: la IA no tiene problema en imitar la crítica sin ideas porque tenerlas es el componente estrictamente humano, el que nace de la experiencia personal, la curiosidad, la pasión, la ambición y la imprudencia. Todo lo que rebosa Del aire no se vive, el substack de Elcesped.