Miles de papelitos de colores vuelan en el Foro Sol y tienes ante tus ojos un espectáculo onírico, irreal, que hace que te sientas muy pequeñito. Por la megafonía del Autódromo Hermanos Rodríguez suena el Nessun dorma, el aria favorita de tu abuelo Giordano, que ya no está entre nosotros. Por un momento, Turandot hace que todos callen y dejen de gritar tu nombre para disfrutar de un instante épico en el que el nudo de la garganta te duela como nunca. Sin darte cuenta, estás subido a hombros de dos tipos que suman 11 campeonatos del mundo de Fórmula 1 para posar en una foto en la que te dicen que, en realidad, son 12, porque tú acabas de lograr el último.
Aún no te has secado las primeras lágrimas y ya asoman las siguientes. Lloras porque no te importa que te vean llorar. Lloras porque a veces la valentía se demuestra no escondiendo que eres sensible, vulnerable o frágil. Lloras porque tienes el coraje de hacerlo delante de millones de personas, porque sabes que no es ningún signo de debilidad ni nada de lo que debas avergonzarte. Dejas que todos descubran que, en tu imperfecta humanidad, no estás forjado en hierro ni hecho de piedra, porque sabes que eso no te impide ser campeón del mundo de Fórmula 1. Lloras porque estás viviendo tantas cosas, sintiendo tanto, disfrutando tanto, que es demasiada gloria para un niño. Lloras porque ser cercano, humilde, abierto, cariñoso y amable no te resta un ápice de velocidad en la pista. Porque no necesitas aristas ni corazas para ser rápido. No necesitas ser cáustico, ni ácido, ni crítico, ni mordaz porque no necesitas encajar en el viejo patrón que históricamente nos decía cómo debía de ser la personalidad y el carácter de un campeón.
Andrea Kimi Antonelli es ya el trigésimo sexto campeón del mundo de Fórmula 1. Ha batido una infinidad de récords. Es el piloto más joven en ganar el título, con más de tres años de diferencia sobre el anterior, Sebastian Vettel. También es uno de los más precoces: lo ha logrado en su segunda temporada, como en su día Juan Manuel Fangio, Jacques Villeneuve y Lewis Hamilton. Ha puesto fin a una sequía de 73 años sin títulos para Italia, pero, lo más importante, lo ha hecho con el respeto y el cariño de todo el mundo.
Kimi ha demostrado el talento que algunos no veían para alcanzar su sueño. Ha tenido el apoyo, la velocidad, la confianza y la suerte necesarios a partes iguales. Pero ha logrado algo poco habitual: ganar su primer Mundial sin presión, sin agobios, sin grandes tensiones. Y lo ha hecho, además, haciendo añicos el prototipo de carácter que se suponía que debía tener un campeón del mundo. Es una bonita excepción a la regla.
De todo lo que vi ayer, hubo cosas que me emocionaron, que me hicieron reír, que me produjeron nostalgia e incluso algo de envidia. Pero lo que más me conmovió fue el mensaje que le envió Vettel, que terminaba con este consejo: «Los grandes logros pueden cambiar cómo te mira la gente, pero tú no tienes por qué cambiar cómo miras a los demás».
Ojalá que Kimi, gane o pierda, no cambie nunca, porque, además de haber entrado en el club de los campeones, ha demostrado que es un niño muy especial.