El amigo saudí no es quien, presuntamente, le regaló a Zapatero un tesoro oriental digno de Las mil y una noches, sino el equipo nacional de la teocracia petrolífera del Golfo. A los 23 minutos, ya le había obsequiado a España con facilidades para tres goles que, comenzado el segundo tiempo, se convirtieron en cuatro. Luego, entre sustituciones para ir rotando y refrescando a la gente de cara a duelos más exigentes, el lance decayó hasta casi la inanidad.
Lo peor del partido anterior, ante Cabo Verde, fue la necesidad de recurrir desesperadamente a Lamine Yamal, en incierto estado físico, para tratar de domeñar a una selección de ínfima categoría que, además, no se defendió con patadas (cometió sólo una falta). Lo mejor del encuentro frente a Arabia Saudí era que España afrontaba la rehabilitación contra el segundo rival más asequible del grupo. No podía ser más favorable el calendario. No nos podíamos quejar.
Seamos comprensivos. Incluso benévolos. Pero también severos como sinónimo de objetivos y justos. En este caso, el derecho a empatar que se da en el deporte no era compatible con el deber de vencer. Con Cabo Verde se mandó un mensaje de debilidad e impotencia que no podía por menos que fortalecer psicológicamente a nuestros futuros adversarios. A Arabia el primero.
Pero el equipo saudí está imposibilitado de aprovechar ese tipo de concesiones. Carece de calidad una expedición de 26 hombres con únicamente uno jugando fuera de Arabia, en el Lens, subcampeón de la Liga francesa. Por mucho que se empeñen algunos, el fútbol saudí no está ni siquiera a la altura de las potencias medias del balompié mundial. España jugó un partido normalito, que le dio para una goleada cómoda. Tendremos que juzgarla en compromisos de más fuste. Empezaremos por Uruguay.
Es cierto que el fútbol ha ampliado sus fronteras, pero no las ha igualado. Más bien lo contrario. Puede que, un día, Arabia Saudí alcance un cierto nivel que la haga peligrosa, tal vez temible. Pero hoy por hoy sólo es capaz de servir de entrenamiento para equipos como el nuestro, que puede resbalar dos veces, sí. Pero no consecutivas.