El Chiringuito y el cinismo del periodismo deportivo
No he visto un minuto de El Chiringuito en la tele. No me interesa su contenido, no me gusta su tono, me inquietan los rumores sobre el ambiente de trabajo y me molesta su influencia en el resto de principales tertulias deportivas radiofónicas y televisivas, casi todas ya a gritos. Pero de eso, como de tantas cosas que se le achacan, la culpa no es de El Chiringuito.
Ahora que sale de Atresmedia, principalmente porque su audiencia es mucho menor que su viralidad, es muy fácil matar al programa de Josep Pedrerol para marcarse un punto purista y engreído. Todos somos valientes con el caído. Sin embargo, lo que procede es reivindicarlo: se puede criticar su estilo, pero es ridículo negar su importancia y el cinismo del gremio con él ha sido sonrojante.
Para bien o para mal, eso va en gustos, es imposible entender el actual periodismo deportivo (y parte del político) sin El Chiringuito, pero cualquiera que haya estado en eventos plagados de profesionales del mundillo sabe que un tema recurrente ha sido menospreciarlo y tratarlo como una aberración indecente. En público bajaba el tono, pero en un sector muy pelota con todo aquel que pueda suponer una colaboración pagada, ningún otro programa de éxito ha recibido menos elogios.
"En su derecho están de que no les guste", me dirán. Por supuesto, a mí tampoco. Lo que pasa es que, tras criticarlo, otros grandes medios corrieron a copiarlo y muchos periodistas dignos, a participar en tertulias prácticamente iguales, pero sin el valor de ir de cara. Al menos, El Chiringuito nunca escondió tras una falsa superioridad moral lo que quería: show y polémica.
El mayor error de Pedrerol ha sido su empeño en convencer al mundo de que su notable programa de entretenimiento era periodismo. No lo era y él, que sí lo es, lo sabe. No te puedes aferrar a haber dado alguna noticia cuando te tiras más triples que Stephen Curry con el porcentaje de acierto de Fernando Romay.‘El Chiringuito debería haber presumido de lo que le hacía exitoso y viral, de Alfredo Duro preguntando qué es Halloween, del tic tac eterno, de las esposa de Juanma Rodríguez y de la dinámica Laurel y Hardy de Tomás Roncero y Cristóbal Soria. No son Historia del periodismo, pero sí de las redes sociales. No es poco.
No he visto un minuto de El Chiringuito en la tele. No me interesa, no me gusta, me inquieta... Pero espero que encuentre un nuevo acomodo para disfrute de sus fans y que aquellos que decidieron imitarlo y ahora lo ven caer tomen por fin una decisión valiente: reconocerlo o, mejor, cambiarlo.