Mientras media España se llevaba las manos a la cabeza por el gris estreno de la selección en el Mundial, en Burela (Lugo) el 0-0 se ha celebrado como un triunfo. Y es que, en este pequeño municipio gallego de apenas 9.500 habitantes, cerca del 10% de la población tiene raíces caboverdianas desde hace más de cinco décadas. "Para nosotros es un orgullo enorme. Ver a nuestro país debutar en una Copa del Mundo y hacerlo precisamente contra España es algo que recordaré toda la vida", cuenta Risiana González.
La joven, que llegó a Galicia con apenas siete años después de que sus padres emigrasen desde el archipiélago atlántico, ha sido una de las cientos de personas que se han congregado en la Praza da Mariña para seguir el encuentro en una pantalla gigante. A su alrededor se mezclaban camisetas de La Roja y de los Tubarões Azuis en el festival 'De Cabo a Cabo', una iniciativa impulsada por la Diputación de Lugo, el Ayuntamiento y la Asociación Cultural Fanto Fantini para "celebrar esa hermandad tan especial" que los une y "poner en valor todo lo bueno que nace de ella", tal y como explica a EL MUNDO, su director creativo, Anxo Ferreira.
"Se dice que Burela es una isla más del archipiélago. Y ya no es solo por la comunidad caboverdiana: en un pueblo tan pequeñito ya convivimos 54 nacionalidades distintas y eso nos convierte en un caso extraordinario de multiculturalidad", detalla. Ferreira cree además que la jornada ha servido para plantear una reflexión necesaria en torno al deporte: "Vivimos un momento en el que demasiados estadios están marcados por los insultos, la tensión y los enfrentamientos. Nosotros queríamos poner sobre la mesa preguntas importantes y demostrar que otra forma de vivir el fútbol es posible".
Quizá ninguna imagen ha resumido mejor ese espíritu que la protagonizada por la presidenta de la Diputación de Lugo y alcaldesa de la localidad, Carmela López (PSOE), que siguió el encuentro en la pantalla gigante con una camiseta de España y otra de Cabo Verde colgada al cuello. Tampoco faltaron las pancartas que, varias horas antes del pitido inicial, ya parecían anticipar el desenlace de la tarde. "Os invitamos a celebrar un empate", podía leerse en algunas de ellas. Al final, la premonición dio en el clavo.
"Celebramos cada parada como si fuera un gol", resume Paula Jorge, hija de inmigrantes caboverdianos y nacida en Burela. Cuando el árbitro señaló el final, los nervios dieron paso a los bailes, la música y las conversaciones entre vecinos que llevaban toda la tarde compartiendo algo más que fútbol. "No importaba de dónde fueras. Solo había ganas de disfrutar".
La escena encajaba con la idea que había dado forma al festival. Para vestirla, la organización recurrió a Alicia Alonso, una artista especializada en intervenciones ligadas a la cultura afro y la diáspora, que transformó distintos rincones del municipio con redes de pesca, aparejos cedidos por marineros y redeiras y tejidos africanos. La propuesta nació precisamente de lo que encontró al llegar a Burela. "Me fascinó descubrir que en un lugar tan pequeño existiera un intercambio cultural así", explica. Aquella convivencia entre dos mundos separados por miles de kilómetros acabó convirtiéndose también en la principal fuente de inspiración de una instalación concebida para unir ambas orillas bajo los mismos colores.
Aunque el marcador reflejó un reparto de puntos, en Burela significó bastante más. España sumó uno; Cabo Verde estrenó su casillero en un Mundial; y un pueblo entero encontró la manera de celebrar ambas cosas al mismo tiempo.