Israel no está para fiestas. Lejos del triunfalismo precipitado que el mundo exhibe ante el acuerdo-marco entre Estados Unidos e Irán para poner fin a la guerra iniciada el 28 de febrero, en Tel Aviv hay pesadumbre. En su caso, no hay gloria alguna que vender. Ni siquiera maquillando el relato, como ya hacen Washington y Teherán, tiene muchas posibilidades de convencer su primer ministro, Benjamin Netanyahu, atrapado en la disyuntiva de ceder ante el amigo americano o de aumentar la apuesta y agrandar la confrontación.
El tormento del líder del Likud es grande de por sí y, más, si se lo mira con la lupa de aumento que suponen las elecciones de dentro de cuatro meses. Netanyahu siempre ha apostado buena parte de su fortuna a la seguridad y, en especial, al enemigo iraní. Ahora ha tenido en sus manos lo anhelado durante más de 30 años: un Gobierno en la Casa Blanca dispuesto a ir a por todas en su empeño de atacar a la República Islámica. Su presidente, Donald Trump, apretó el botón del ataque hace un año, en la Guerra de los Doce Días, y ahora de nuevo. Sin embargo, parece que en ninguna de las andanadas va a dar el golpe definitivo.
Israel ve que el régimen de los ayatolás se mantiene en pie, pese al enorme golpe que supuso el asesinato de su líder supremo, Ali Jamenei, en el primer día de guerra. Ahora hay otro, Mojtaba, su hijo, más radicalizado, cegado por la rabia de la muerte de su padre y de buena parte de su propia familia, incluyendo esposa e hijos. Su cuerpo mismo sufre las heridas causadas por las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) y se ha rodeado de otros políticos del ala dura.
Irán mantiene sus 450 kilos de uranio enriquecido al 60%, la base para lograr un arma nuclear en poco tiempo -si es que esa fuera su intención, siempre negada por los clérigos- y aún tiene misiles y drones para extender el daño a todo Oriente Medio. Entre las bombas, se han ahogado las protestas ciudadanas contra el coste de la vida y el impacto de las sanciones internacionales, primero, y contra la falta de libertades, después. Y, de paso, ha aplicado por primera vez su poder geográfico y ha cerrado el estrecho de Ormuz, una amenaza vieja ahora cumplida con la que ha demostrado su poder sobre el comercio planetario.
Así que Netanyahu no puede decir que ha vencido, porque no ha desactivado todo lo que quiso desactivar, mientras que las alertas en su territorio pueden sonar en cualquier momento si Teherán se decide a disparar cualquier día. Tiene el mismo mando que lo ordenó en el pasado y le queda arsenal para ello.
Es por eso por lo que el gabinete israelí no está de enhorabuena. Es por eso por lo que se opone a cualquier acuerdo, incluso aunque Trump quiera convencerlo. Le queda "bloquearlo" -tiene tiempo hasta el viernes, cuando está prevista la firma en Suiza- o "socavarlo", como expone Nate Swanson, investigador del Atlantic Council, un tanque de pensamiento norteamericano que ha lanzado un análisis de urgencia del pacto.
Choque fuera...
El acuerdo EEUU-Irán está recibiendo críticas de todo el espectro político en Israel, que se supone que en otoño tiene una cita con las urnas. La clave del rechazo, República Islámica aparte, es que exige que Tel Aviv respete un alto el fuego en Líbano. El 2 de marzo pasado, tras la muerte de Jamenei, el partido-milicia libanés de Hezbolá empezó a atacar el norte de Israel como represalia por la pérdida de uno de sus mayores patrocinadores. Desde entonces, Israel ha matado a más de 3.700 libaneses y ha forzado el desplazamiento de 1,1 millones de personas. Pese a que ha habido hasta tres anuncios de alto el fuego, las partes lo violan sistemáticamente, con daño desigual.
El ministro de Defensa israelí, Israel Katz, fue el primero en declarar que su país no se retirará de las zonas del sur de Líbano que ocupa actualmente ni renunciará a su capacidad para responder a los ataques de Hezbolá. Si Irán ataca a Israel por la guerra en el Líbano, afirmó Katz, responderán "con toda su fuerza". Ya ayer por la tarde, el propio Netanyahu le repitió. En una inusual comparecencia ante la prensa en Jerusalén, garantizó que se quedarán en el vecino árabe "todo el tiempo que sea necesario", pero sin ir a más. Toda la rueda de prensa fue imprecisa, vaga: repitió el mantra de que Irán no tendrá armas nucleares, aunque añadió un "con o sin acuerdo" con EEUU (que tampoco le compromete a más porque no dio detalles).
"Lo más importante es que salvamos al Estado de Israel de la amenaza de la aniquilación nuclear", defendió, eludiendo el choque con Washington. Tampoco habló de misiles, de UAV, del posible levantamiento de sanciones al régimen, del hipotético pago de compensaciones por lo dañado o del pretendido alejamiento del Eje de Resistencia, sus aliados regionales, que no aparecen por ahora en el texto.
Un alto funcionario estadounidense declaró a Axios anoche que el acuerdo conocido no exige una retirada israelí de Líbano y no crearía un "alto el fuego unilateral", lo que significa que Israel podría responder si Hezbolá ataca. Sin embargo, a los funcionarios israelíes les preocupa que su libertad de acción al norte se vea drásticamente restringida por EEUU, que ya le ha dicho en incontables ocasiones, por ejemplo, que se olvide de bombardear Beirut, una exigencia que Netanyahu se ha saltado al menos dos veces.
Tras un ataque israelí en la capital libanesa el pasado domingo, que casi hizo fracasar el acuerdo de paz, Trump declaró al mismo digital norteamericano que el primer ministro Benjamin Netanyahu "carecía de criterio". El lunes, el magnate expresó su esperanza de "resolver" la situación en el Líbano y añadió que "tendremos que hablar con Hezbolá sobre esto". Dio a entender que su gente tomaba las riendas no ya con el Gobierno libanés, sino con los milicianos. Tampoco le habrá hecho gracia a Israel. Además de la necesidad de un alto el fuego en ese frente, se espera un acuerdo que garantice que los chiíes no vuelvan a lanzar cohetes ni drones contra Israel, para así permitir un regreso seguro a las comunidades israelíes en la frontera.
El premier israelí se jactaba estos meses de ser el "susurrador" político de Washington y, de hecho, parte del Partido Republicano de Trump se le ha revuelto porque entiende que se ha enrolado en esta guerra precisamente porque lo ha convencido Netanyahu, no por una necesidad de seguridad norteamericana, no por la supuesta inminencia de una bomba atómica made in Iran. Ahora, Tel Aviv no ha estado sentada en la mesa de negociaciones, pese a ser la tercera parte en disputa, porque Washington lo ha echado al lado.
Las declaraciones del vicepresidente de EEUU, JD Vance, y del responsable de Defensa, Pete Hegseth, diciendo que se les dejase debatir porque el interés norteamericano estaba por encima de todo es definitorio. Israel siempre tendrá un socio leal en el Despacho Oval, así ha sido desde 1948, pero los trumpistas van primero y este presidente tiene una necesidad urgente de paz: porque casi el 70% de los ciudadanos no quieren esta guerra, porque sus reservas de crudo se han hundido hasta el nivel de hace 40 años, porque la inflación en supera el 4 % por primera vez en tres años debido al fuerte aumento de los precios del petróleo... Y porque en noviembre hay elecciones legislativas de mitad de mandato por las que tiene que velar para que el Partido Demócrata no le robe demasiado poder.
Netanyahu se ve marginado de los trabajos diplomáticos pero, también, insultado en público por Trump. El "estás jodidamente loco. Estarías en la cárcel si no fuera por mí. Te estoy salvando el pellejo. Ahora todo el mundo te odia. Todo el mundo odia a Israel por esto" conocido hace dos semanas no tiene precedentes.
Ha habido más, esta misma mañana: Trump le ha pedido a Netanyahu que sea "más responsable" en sus acciones respecto a Líbano y ha reconocido que no esta "contento" con la forma en que Israel ha actuado estas semanas. "No estoy satisfecho con la forma en que Israel ha actuado en el Líbano y con Hezbulá. Deberían haber podido terminar el trabajo, pero esto simplemente se alarga sin fin, y cuando eso ocurre, proyecta una imagen negativa sobre el gran acuerdo, que es el acuerdo con Irán", han sido sus palabras literales. Importa el contexto, también: ha hablado en Evián (Francia), donde se celebra la cumbre del G7, y tras un encuentro bilateral con el emir de Qatar, Tamim bin Hamad Al Thani, uno de los países mediadores, junto a Pakistán, en su guerra con Irán.
"Israel está luchando contra Hezbulá desde hace demasiado tiempo, están muriendo demasiadas personas, y no es necesario derribar un edificio de apartamentos cada vez que se busca a alguien, en esos apartamentos hay mucha gente y no todos son de Hezbulá", ha recordado el norteamericano a su colega Bibi. Aunque dice que no está "enfadado" con su homólogo israelí, sí confiesa que no le gustó "nada" que obviara sus indicaciones de no atacar Beirut. Así se lo ha hecho saber.
... y choque dentro
El líder de la oposición israelí, el exprimer ministro Yair Lapid, dijo el lunes en la Knesset (Parlamento) que a su país le queda "o bien un enfrentamiento directo y destructivo con nuestro mayor aliado, o bien una rendición sumisa de los intereses israelíes". Es una muestra concisa de lo que piensan ahora en el país tanto los socios de Gobierno del primer ministro como los grupos opositores. "El acuerdo de Trump no nos vincula", escribió el lunes en las redes sociales el ministro de Seguridad Nacional de extrema derecha de Israel, Itamar Ben Gvir. "No somos parte de este acuerdo que no garantiza nuestra seguridad", insiste.
Sima Shine, exfuncionaria del Mossad y especialista en Irán, expone a la BBC que "es difícil entender por qué los estadounidenses lo aceptaron", en referencia al acuerdo. Y ese es hoy un sentimiento muy común en la ciudadanía, que estaba a punto de ver que el régimen que es una amenaza existencial para ellos, que reclama su desaparición, se deshacía. "Al permitir que Irán decida lo que sucederá en Líbano, EEUU le está dando a Irán la posibilidad de seguir apoyando a Hezbolá y de asegurarse de que Hezbolá sea un actor político importante en la escena libanesa", añadió Shine. "Israel no está contento con eso, ni el establecimiento de seguridad ni el político". Queda claro.
A Netanyahu todo esto le ocurre cuando, además, las expectativas eran altas. Tras la guerra del año pasado, en la que ya se hizo daño al programa nuclear y misilístico de Irán, la nueva andanada se vendía como la definitiva, la que anularía toda amenaza y otorgaría a Israel el poder regional, facilitando de paso el establecimiento de relaciones con países árabes y musulmanes a través de los Acuerdos de Abraham. Lo que tiene, en cambio, es cansancio en una población que ve que los comercios cierran por los ataques, como los colegios, que tiene al límite sus recursos militares (especialmente desgastados desde octubre de 2023), una economía tocada por los frenazos a la actividad y por los gastos en defensa.
A eso se suma que Netanyahu no les ha dado ni respuestas ni reparaciones a los 1.200 asesinados por Hamás el 7-O ni a los 251 secuestrados ni a todo un país que aún busca saber qué pasó, por qué se produjo el mayor fallo de seguridad de la historia, el día más negro para los judíos desde el Holocausto. Netanyahu ha vetado sistemáticamente una comisión de investigación seria, por la que las familias de los afectados siguen clamando en la calle. No es el mejor clima para otro fracaso.
Más: Israel afronta un momento de aislamiento internacional nunca antes conocido desde la creación de su Estado, que proviene del genocidio en Gaza o la ocupación creciente de Cisjordania. Tampoco ahí hay soluciones de este Gobierno: el mal llamado plan de paz en la franja está en su segunda fase sin haber completado la primera, sigue la ocupación de tropas israelíes con intención de ampliar la línea amarilla, sin que por eso se haya acabado con Hamás, que sigue vivo y armado. No hay una Junta de Paz como se esperaba, no hay fuerzas internacionales de pacificación y, por supuesto, no hay reconstrucción en Gaza.
En Cisjordania y el este de Jerusalén, se multiplican los informes de la ONU sobre violaciones de los derechos humanos y el derecho internacional y llegan nuevas sanciones, por ejemplo, de la Unión Europea. No es un statu quo, no son las cosas como siempre, sino mucho más dañinas para los palestinos y que, por tanto, alejan más a Tel Aviv de sus apoyos de otro tiempo.
Lo que dicen los expertos
Danny Citrinowicz, investigador sobre Irán en el Instituto de Estudios de Seguridad Nacional de Israel (INSS, por sus siglas en inglés), expone en el diario Israel Hayom que "el fracaso de Israel exige una reevaluación de su estrategia hacia Teherán. El país debe formular prioridades más realistas y moderadas". "Cualquier movimiento militar israelí que se perciba en Washington como un intento de sabotear el acuerdo se enfrentará previsiblemente a una dura respuesta de EEUU", afirma en un artículo de opinión.
A su entender, "a diferencia de lo que ocurriría durante la Administración Obama, cuando Benjamin Netanyahu podía intentar eludir a la Casa Blanca movilizando el apoyo del Congreso y de la opinión pública estadounidense, esas opciones apenas existen en este momento".
En Haaretz, su analista de cabecera, Amos Harel, recuerda que el primer ministro prometía una "victoria histórica" pero presenta a su gente hoy "escasos logros" y una "alianza débil" con EEUU, el segundo "fiasco" tras Gaza. Esta coyuntura, sostiene, ha generado una "crisis de fe" entre quieren confiaban en Netanyahu para completar la conquista de un Israel seguro, con enemigos neutralizados, que siempre ha sido su baza electoral, aparte de una fijación personal en el caso iraní. Si el acuerdo cierra como ya se cuenta, quedará un Irán "fuerte" y "decidido" que no es bueno para Israel, avisa.
Reconoce como "brillante jugada" la del arrastre de Trump a un objetivo que era propio, regional, pero no ha sido "completada" y el norteamericano lo ha "abandonado". Cita, por ejemplo, la posibilidad de que el régimen teocrático aún pueda mantener algo de su programa nuclear (con fines civiles) o el posible levantamiento de sanciones.
"Si Netanyahu fuera primer ministro en un país con un mínimo sentido de la responsabilidad, probablemente habría dimitido, dado el inmenso daño a las relaciones con Estados Unidos y la incapacidad de traducir la considerable ventaja militar de Israel sobre Irán en un acuerdo estratégico que detuviera su programa nuclear durante muchos años. Pero quien ni siquiera consideró dimitir el 8 de octubre, al parecer, no lo hará ahora", concluye Harel.
En el Yedioth Ahronoth, otro analista, Yossi Yehoshua, es el ejemplo de otra corriente que culpa, sobre todo, a Trump. Habla de una "gestión negligente" de las negociaciones por parte del norteamericano, que ha "evitado" la victoria israelí. A su entender, las FDI han tenido un "desempeño excepcional" y hay fuentes que le dicen que posiblemente no se habrían enrolado en esta guerra de saber el fin.
El sentimiento es de "frustración", pero reconoce que Netanyahu no debió poner "todos los huevos en la misma cesta" con un señor "imprevisible" como Trump. Ahora, afea a su mandatario, se ha generado una dependencia "peligrosa e irresponsable". Su libertad de acción queda "limitada" y su disuasión, "perjudicada". Complicado para el primer ministro.