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España, más "serena" y europeísta que la media de una UE que actúa como "oasis" frente a las crisis

España, más "serena" y europeísta que la media de una UE que actúa como "oasis" frente a las crisis

Un "oasis" en medio de la tormenta internacional. Así es como la ciudadanía de los Estados miembros percibe el proyecto comunitario en un contexto global marcado por la inestabilidad. Los datos más recientes del Eurobarómetro del Parlamento Europeo (PE), recopilados entre los meses de abril y mayo mediante encuestas a más de 26.000 ciudadanos del continente -incluyendo una muestra representativa de 1.006 entrevistas en territorio español-, revelan un notable incremento del respaldo social a las instituciones de Bruselas.

La corriente es positiva, tras años de un euroescepticismo galopante, a lomos sobre todo de las formaciones de ultraderecha. En Polonia o Hungría han perdido el poder, en parte por su oposición a Bruselas; en Italia han echado mano del pragmatismo y han metido en el cajón las críticas a los "burócratas" de las instituciones y quedan vetas en Eslovaquia, amenazas en Alemania, pero la tendencia es a entender que Europa aporta más que resta. 

Y, sobre todo, eso se ve en España, cuyos ciudadanos presentan un perfil emocional más "sereno" que la media europea pese al creciente pesimismo sobre el futuro del mundo y donde hasta el 65% de los sondeados se declara optimista sobre el futuro del bloque. Una cifra que supone nueve puntos más sobre la registrada hace seis meses, en el barómetro de invierno. Sorprende el término usado para definir el sentimiento de los españoles, cuando la polarización y el sectarismo marcan los días en la política doméstica, pero el contraste es parte del paisaje: con Europa, lo tenemos más claro que en casa. 

Cambios anímicos

La investigación demoscópica hecha pública este miércoles (y que puedes leer completa al final de esta noticia) muestra un cambio significativo en el estado anímico del continente. En un planeta sacudido por tensiones geopolíticas y volatilidad económica, la Unión Europea (UE) se consolida en el imaginario colectivo como un escudo protector y un reducto de certidumbre. Esta tendencia adquiere especial vigor en España, donde el sentimiento europeísta ha experimentado un repunte que sitúa al país notablemente por encima del promedio de sus socios comunitarios.

El pesimismo respecto a la evolución del orden internacional es una constante en el documento. El 58% de la población europea observa el porvenir de la esfera global con preocupación y negatividad. Sin embargo, este diagnóstico sombrío sobre el destino planetario no arrastra consigo la valoración del bloque comunitario; al contrario, actúa como un catalizador que refuerza la necesidad de cohesión interna. Los encuestados contemplan la UE como una estructura sólida capaz de contrarrestar el desorden exterior, sin dudas y de forma generalizada.

Al ser comparada con otras potencias de la escena internacional, la calidad del modelo de vida europeo sale ampliamente fortalecida. El 62% de los habitantes de la Unión sostiene que las condiciones de existencia dentro del bloque superan a las de Estados Unidos, por ejemplo. Esta brecha de percepción es aún más pronunciada cuando se realiza la comparación con el gigante asiático: un 67% de los entrevistados asegura que el bienestar y los derechos garantizados en suelo europeo superan las oportunidades que ofrece China. El bloque se afianza, por tanto, como una referencia de bienestar socioeconómico ante las alternativas autocráticas o los modelos de capitalismo desregulado.

Además, el 90 % de los europeos cree que la UE debe promover el respeto del derecho internacional por parte de todos los países, en una pregunta incluida por primera vez en el contexto de los conflictos en Ucrania (donde la invasión de Rusia ha superado los cuatro años), Irán y Líbano (países en guerra desde el 28 de febrero pasado, tras el ataque conjunto de EEUU e Israel). 

Y España, más

Los resultados obtenidos en nuestro país, por su parte, perfilan una sociedad que afronta el actual ciclo histórico con mayor templanza y espíritu constructivo que el resto de los ciudadanos del continente. Mientras que la incertidumbre es el sentimiento predominante para el 44% de la población europea, en España esta inquietud afecta únicamente al 38% de los consultados. Los indicadores psicológicos analizados por los expertos de la Eurocámara reflejan que los españoles registran niveles superiores de sosiego, optimismo y satisfacción personal en comparación con el promedio de la eurozona.

Esta tranquilidad se traslada de manera directa a la visión sobre el entramado comunitario. Siete de cada diez españoles -específicamente el 74% de los encuestados- definen explícitamente a la Unión Europea como un "espacio de tranquilidad" y estabilidad en medio del caos que define la política mundial contemporánea. Este dato evidencia que la pertenencia al club de los Veintisiete ya no se percibe únicamente en términos de subvenciones agrícolas o fondos de cohesión, sino como una garantía existencial y geopolítica. Y supone un salto bárbaro: la subida es de 14 puntos en seis meses en esta pregunta concreta. 

Además, si el apoyo a la pertenencia a la UE también marca récords generales, con un 74% de los europeos que considera que su país se ha beneficiado de ser miembro del bloque, la cifra sube al 79% en España. 

El indicador más elocuente de esta transformación es la proyección del porvenir institucional. El 65% de la ciudadanía española se declara optimista respecto al futuro de la Unión Europea. Esta cifra supone un salto cualitativo de nueve puntos porcentuales en comparación con los registros obtenidos en la medición demoscópica de hace tan solo seis meses. Además, este dato coloca a España seis puntos por encima de la media comunitaria, que se sitúa en un más moderado 59%.

Este incremento de la confianza hacia el exterior coincide temporalmente con una mejora sustancial en las perspectivas de los Pirineos para abajo. El porcentaje de españoles que aguarda el porvenir de su propio país con expectativas favorables ha escalado hasta el 42%, reflejando también una progresión de nueve puntos respecto al tramo final del año pasado. Si bien el recelo respecto al tablero mundial sigue presente -un 54% de los residentes en España vaticina un devenir internacional adverso-, este escepticismo es cuatro puntos inferior al descontento generalizado de los socios europeos (58%).

En el ámbito estrictamente privado y familiar, el optimismo se dispara de forma masiva, igualmente: el 82% de las familias españolas confía firmemente en la prosperidad de su entorno doméstico a corto y medio plazo.

Protectora y soberana

El reforzamiento del afecto ciudadano hacia el proyecto europeo en los Veintisiete no se traduce en una complacencia pasiva, sino en una demanda explícita de mayor autonomía estratégica y capacidad ejecutiva. Los encuestados abogan por una aceleración de la integración en sectores críticos que tradicionalmente permanecían bajo la estricta soberanía de los Estados nacionales.

La seguridad y la defensa común emergen como prioridades indiscutibles en un vecindario europeo flanqueado por conflictos armados estables y amenazas híbridas. La gran mayoría de los europeos secunda el fortalecimiento de políticas militares coordinadas y una mayor autosuficiencia frente a potencias extranjeras. En este ámbito, las demandas también conectan con la necesidad de garantizar la resiliencia económica. El electorado también reclama regulaciones más severas que impidan la vulnerabilidad de las cadenas de suministro básicas, abarcando desde componentes tecnológicos estratégicos hasta recursos energéticos indispensables. 

Las guerras y la incertidumbre del papel que puede jugar el hasta ahora socio norteamericano en caso de necesidad, emergencia o crisis han llevado a los ciudadanos a apostar, a las claras, por la máxima independencia. Una cosa son las alianzas, otra la dependencia. 

También la vertiente social sigue siendo un pilar innegociable de la legitimidad comunitaria, lo que evidencia que la mayor parte de la ciudadanía está con los valores fundacionales del club. El Eurobarómetro subraya que la ciudadanía reclama una atención prioritaria hacia los sistemas de salud pública y exige que Bruselas supervise la accesibilidad, sostenibilidad y excelencia de la asistencia sanitaria, además de articular políticas eficaces en materia de salud mental, un asunto que ha ganado centralidad en la agenda política continental tras las sucesivas crisis sanitarias y socioeconómicas de la última década.

Cambio de paradigma

Los analistas comunitarios interpretan este conjunto de datos como la consolidación de un cambio de paradigma en la relación de las sociedades occidentales con el entramado institucional de Bruselas. Atrás quedan los años de la crisis financiera de la pasada década, caracterizados por una intensa contestación social hacia las recetas de austeridad fiscal y una creciente desafección que alimentó discursos euroescépticos.

Hoy en día, las amenazas externas han invertido esa dinámica. La percepción del riesgo -provocada por la inestabilidad en las fronteras orientales, las disputas comerciales globales y la fragilidad del suministro energético- ha transformado a la Unión a ojos de sus habitantes. Ya no es observada primordialmente como una burocracia impositiva y distante, sino como una estructura de gobernanza protectora indispensable para la supervivencia de las democracias liberales. La ultraderecha ha perdido en su visión crítica y miope si de Europa y sus instituciones hablamos, por más que un cuarto del actual hemiciclo esté en manos de este tipo de formaciones. 

España ejemplifica esa mutación con especial nitidez. Con el optimismo y la serenidad que superan con holgura las métricas de la Europa central y septentrional, reafirma una vocación integradora que trasciende las coyunturas partidistas... y eso que son duras. Frente al panorama de fragmentación global, la ciudadanía española parece haber encontrado en las instituciones de la Unión Europea un ancla de certidumbre para pilotar los desafíos.

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