España, todo va a salir mal: Pedri se derrite, Lamine no arranca, todos tenemos miedo
Los futbolistas de la selección son muy jóvenes y les falta contexto. Mejor. Así llegan a un Mundial sin traumas ni complejos, convencidos de que se lo pueden llevar porque, al fin y al cabo, han crecido viendo ganar y ellos mismos ya lo han hecho. Por eso no entienden, como han repetido con más extrañeza que mosqueo, la negatividad general en cuanto no golean. Son generación Iniesta, pero los medios de comunicación aún los copamos los hijos de Tassotti, Stojkovic, Al-Ghandour y, ahora que acecha Bélgica, el penalti de Eloy.
Vivimos temiendo que el cielo se derrumbe sobre nuestras cabezas y no podemos evitar que el análisis de cada triunfo comience explicando cómo nos derrotará el siguiente rival. Son nuestras costumbres y hay que respetarlas. Creemos que no esperar nada alivia la inevitable hostia pese a que la experiencia demuestra que eso es mentira: aún sangramos con Luis Enrique.
Por eso, con España ya en cuartos, seguimos centrados en los defectos de una supermodelo, que si tiene la frente grande o los ojos juntos. Esas cosas. Podría escribir de cómo Unai Simón ha silenciado el ruido con la portería y Laporte, los rebuznos sobre su implicación. Pedir que alguien revise el DNI de Cubarsí porque ese aplomo es antinatural con 19 años... y con 35 (miren a Neymar). Señalar que Rodri cada partido se parece más a Rodri y que el rendimiento de Olmo y Baena exige alguna explicación al uso de ellos que se ha hecho en sus clubes. Aplaudir que siempre haya un Oyarzabal o un Merino para salvar la noche. Celebrar que el glow up de Ferran Torres, convertido en sex symbol mundial, llegue acompañado de un compromiso impecable y, al fin, con premio.
Podría escribir de todo eso, pero no me sale y sé que no estoy solo. Lo que quiero decir es que Pedri tal vez sea una prenda de ropa que sólo luce en la temporada otoño/invierno, que un Lamine al 70% no basta en el Mundial de las estrellas, que sin Nico no hay aventura, que dónde pretendemos llegar si nadie da a Luis de la Fuente ropa de su talla.
No es crítica, es superstición. Necesito gritar que todo va a acabar fatal porque empiezo a creer que de verdad podemos ser felices. Y eso da miedo. Un miedo precioso.