Quienes le conocen bien saben de la ambición de Juan Ayuso. De un carácter irredento, del colmillo de los ganadores. Saben que no hubiera firmado, ni de lejos, el séptimo puesto con el que este domingo en París -etapa recortada por los incendios- abrocha su segundo Tour, el primero que finaliza, el primero también en el que partió como líder indiscutible del equipo que ha demostrado ser el más poderoso, el Lidl-Trek.
Ayuso no tuvo la preparación más perfecta -pasó una gripe durante el Tour del Auvergne-Rhone-Alpes, previo a la Grand Depart de Barcelona-, pero, finalmente, no encuentra respuestas a su rendimiento, a esas piernas que no iban como deberían, que no aguantaron en las montañas el ritmo de los mejores. El español se despide con «frustración», pero con la cabeza alta. Su ataque desde el comienzo de la etapa reina del sábado fue el acto de coraje de quien no se conforma.
Será un Tour de lecciones para el de Jávea, que en septiembre cumple 24 años. En la era del ciclismo precoz, sigue siendo uno de los más jóvenes. Ha mostrado debilidad, especialmente en la tercera semana, pero también una capacidad de resistencia y aguante mental ante las dificultades que le elevan a otra dimensión. Y él, pese a todo, es consciente. «Es más frustración que decepción, porque cuando uno da todo no se puede pedir mucho más. Ha sido un Tour complicado para mí, pero rendirse nunca es una opción y hoy quería intentar dejar todo lo que me quedara», admitió ayer en meta, donde entró finalmente acompañando a su compañero Skeljmose (el que se postuló como su gregario y ha acabado por delante de él en la general) y a Paul Seixas.
Fue protagonista de una etapa preciosa. Convirtió la derrota en valentía, aunque no le sirviera ni para soñar con la victoria de etapa ni para avanzar puestos en la general: «No me he rendido y es con lo que me quedo».
Fugarse de inicio no le resultó sencillo y hasta algún enfado con sus rivales tuvo. «Ni Decathlon ni UAE me querían dejar ir en la fuga. Varios corredores me dijeron que me iban a cerrar, así que tuve que intentar hacer la selección yo mismo y asumir la responsabilidad. Ahí gasté muchas balas, aunque seguramente me habrían ganado igual al final», admitió quien aguantó con Carapaz, Sepp Kuss y Hindley hasta las primeras rampas del último puerto, el Col de Sarenne. Cuando después fue atrapado por el acelerón de Pogacar, no pudo resistir: «No estoy teniendo las piernas que me hubiera gustado. Hay que poner un poco más de corazón y de orgullo, y eso es lo que he intentado».
En el Lidl la preocupación con el rendimiento de su fichaje es relativa, pues han culminado un Tour casi redondo. Han logrado con Mads Pedersen el maillot verde (además de la victoria en Foix), han derrotado al UAE por equipos y han metido a dos corredores entre los siete primeros. Asumen que el primer año de un ciclista con su nuevo staff y compañeros necesita un periodo de adaptación. Y estudiarán en los próximos días, con los datos en la mano, lo sucedido con Ayuso. Especialmente por haber ido de más a menos, porque esperaban lo contrario.
Juan apenas se dejó tiempo en las cuatro primeras etapas de montaña. Tras Le Markstein era cuarto de la general, con las opciones de podio intactas, en la puja con Evenepoel, Del Toro, Lipowitz y Seixas (los cinco en un minuto). Fue en Plateau de Solaison, el pasado domingo, el primer revés. Del que ya no se sobrepuso: la crono confirmó los presagios y el viernes en Alpe d'Huez llegó el hundimiento. Del que Ayuso ha demostrado sobreponerse no física, pero sí mentalmente. Evenepoel es su espejo: «El año pasado no pudo terminar y este año va a acabar en el podio con dos etapas. Es un ejemplo de que, con calma y paciencia, todo se puede conseguir».