Cientos de peregrinos han culminado este jueves su Camino frente a la Catedral de Santiago. Otras decenas de miles, sin embargo, han emprendido una peregrinación algo distinta hasta coronar el Monte do Gozo, cambiando las vieiras y los bastones por la purpurina, los shorts y las camisas hawaianas. También ellos buscaban una revelación. Una más estridente, más extravagante y bastante menos solemne. Una que, con permiso del Apóstol, sólo podía responder al nombre de Katy Perry.
Porque si algo ha hecho la intérprete californiana durante casi dos décadas ha sido convertir el exceso en su particular seña de identidad. Ya sea emergiendo de una tarta gigante, sobrevolando estadios a lomos de una mariposa mecánica o, más recientemente, viajando al espacio, la llamada "Reina del Camp" ha entendido antes que nadie que la clave para mantenerse en la cima es seguir sorprendiendo. Y eso es precisamente lo que ha hecho esta noche en el festival O son do Camiño, donde ha presentado "un show completamente nuevo" frente a las 45.000 personas que se han congregado para verla por primera vez en Galicia.
Después de haber cerrado su última gira mundial, The Lifetimes Tour, y apenas unos días después de actuar en la ceremonia inaugural del Mundial de Fútbol, ha regresado con una frenética puesta en escena donde la tecnología y su particular obsesión por el cosmos vuelven a ocupar un lugar protagonista.
Vestida con una larga camisa blanca con el lema 'I am not a robot' y una corbata de purpurina con la bandera de Estados Unidos, la cantante se ha ganado al público desde el mismo instante en que ha irrumpido sobre una tabla de surf al son de California Gurls. A su alrededor, una escenografía desmesurada: un smartphone gigante, un portátil blanco enorme y otros objetos de dimensiones imposibles con los que Perry ha ido jugando durante toda la noche como quien recorre, atracción tras atracción, un delirante parque temático.
Tampoco han faltado los guiños a su vida personal. Desde una llamada ficticia con su hija Daisy, que irrumpía en mitad del espectáculo para pedirle perritos calientes para cenar, hasta alguna referencia cómplice a su nueva relación con el ex primer ministro canadiense Justin Trudeau, con quien se dejó ver recientemente en el Festival de Tribeca de Nueva York.
Como no podía ser de otra manera, la actuación ha estado trufada de sus grandes éxitos. Teenage Dream, Last Friday Night, Dark Horse o I Kissed a Girl han vuelto a sonar con la misma fuerza de siempre, confirmando que buena parte de su repertorio ha sobrevivido al paso del tiempo y ha encontrado incluso una segunda vida entre vídeos virales y tendencias de TikTok. Pero la noche no ha vivido sólo de nostalgia. En uno de los momentos más esperados del concierto, Perry ha presentado Watch It Burn, el sencillo que verá la luz el próximo 25 de junio y con el que explora una faceta más oscura y rabiosa, dejando a un lado, al menos por unos minutos, el brillo despreocupado que durante años ha marcado su personaje.
En otra de las escenas más celebradas de la noche, varios astronautas han irrumpido sobre el escenario al son de 2001: Una odisea del espacio portando una bandera de España que la cantante ha recogido y clavado sobre la tarima. Apenas unos segundos después ha repetido el gesto con la bandera de Galicia, provocando una de las mayores ovaciones del concierto, antes de enlazar con E.T.
Aunque el delirio definitivo todavía estaba por llegar. Cuando parecía que ya había mostrado todas sus cartas, la cantante se ha introducido dentro de una botella de agua hinchable gigante y ha recorrido buena parte del recinto sostenida por miles de manos. Desde dentro saludaba, cantaba y sonreía mientras avanzaba lentamente sobre el público, regalando una de esas imágenes imposibles que, sin embargo, sólo parecen tener sentido en el universo de Katy Perry.
Así ha abierto por todo lo alto una nueva edición de O Son do Camiño, confirmando que sigue siendo una de las artistas más imprevisibles y reconocibles del pop mundial. El festival continuará este viernes con otra de sus grandes apuestas, el regreso de Linkin Park, encargado de tomar el relevo en un Monte do Gozo que, después de la visita de la "Reina del Camp" difícilmente volverá a parecer un lugar completamente normal.