Cultura

La trastienda

La trastienda

¿Somos conscientes de que el último bombazo de taquilla que nos llega de USA no tiene dueño? La primera ficción en torno a las Backrooms se publicó en un foro donde el anonimato era obligación, así que todos somos libres de desarrollar el concepto por nuestra cuenta. La idea es exquisita, digna de J.G Ballard: la posibilidad de que, de forma arbitraria y accidental, podamos acceder al subconsciente de la mismísima realidad, y que éste sea un espacio tangible y mundano, con sus lámparas fluorescentes, sus paredes empapeladas, su moqueta mortecina y (esto es mío) un olor a cerrado insoportable. Como si tras cruzar las puertas de la percepción uno acabase en el plató abandonado de una televisión local o en la Expo de Sevilla a las cinco de la mañana. Como si el purgatorio fuese una fusión petrificada y proyectada hasta el infinito de las instalaciones de ARCO y FITUR.

Existen dos bandos en la comunidad online de fans y contribuyentes al mito, los que están a favor y en contra de la presencia de criaturas asesinas que te persiguen por los recovecos de las backrooms como en un tunel del terror. Una idea más pobre, claro, pero que le sirvió a Ken Parsons como punto de partida de una filmografía deslumbrante en Youtube. Los cinéfilos edadistas que han puesto en duda su autoría al estrenar su primer largometraje con 20 añitos han decidido ignorar alegremente las treinta piezas que ha ido colgando allí desde el año 2022. En ellas Parsons no sólo luce de sobra las trazas de un autor con mayúsculas. También consigue volar con sus ideas mucho más allá del corre que te pillo ay que te cojo. De hecho, aunque los cinéfilos de antes creen que debutar como director a sueldo de A24 es un ingreso en la aristocracia, me atrevo a decir que el primer largometraje de Ken Parsons es un paso atrás en su obra en algún sentido. The Backrooms (2026) padece algunos de los vícios del terror elevado post Hereditary: las metáforillas psicoanalíticas (como la que empleo en el primer párrafo), la sistemática fetichización del trauma y el guiño incesante al cine de Stanley Kubrick. Pero ojo, Parsons ha conseguido que su película sobreviva con creces a las notas impuestas por el estudio. Los magníficos últimos quince minutos son la prueba definitiva de que lo mejor está por venir.

Pero no quiero olvidar lo más importante, mi deseo de que los directores más idiosincráticos del planeta hagan su aportación a esta insólita franquicia pública. Estoy pensando en figuras como Jose Luis Garci y Albert Serra, dos figuras unidas por al menos dos aspectos: 1) los dos han levantado un castillo de silueta inconfundible sobre la frontera que separa el artificio y el naturalismo, lo que les convierte en perfectos candidatos 2) sé que ambos me honran como lectores de esta columna, así que aprovecho para mandarles, además de deberes, un beso de admirador.

Puede que te hayas perdido