Las corrientes: El cine como salto al vacío (****)
Hay algo de insólito, no queda claro si por milagroso o solo por pura inconsciencia, en el hecho de plantear una película desde la confianza --que también es fe-- ciega en el cine. No en el guion, no en el concepto, tampoco en una idea más o menos brillante. Las corrientes vive enteramente de y en el convencimiento de que asuntos tales como la emoción, el drama o el suspense dependen únicamente de la imagen libre y enigmática de una mujer transformada en faro o de esa misma mujer suspendida en la corriente de un río que reclama su vida. Se trata de convertir la puesta en escena en el único espacio de comprensión y sentido. Se trata en definitiva de construir el cine desde el propio cine, de atreverse a dudar, de desafiar al riesgo, de lanzarse al vacío. Nada más.
Fiel a su escritura tan intensa como íntima, resplandeciente y misteriosa, Milagros Mumenthaler, directora de películas irrefutables como La idea de un lago o Abrir puertas y ventanas, se atreve ahora con la historia de una mujer que se pierde, historia que es más bien sentimiento, sentimiento que es más bien laberinto, laberinto que no es más que la corriente de un río que, en efecto, se pierde. Suena confuso y, en verdad, es un milagro de ternura, de calidez, de entusiasmo por el cine.
El argumento habla de una estilista (sea esto lo que sea) que tras recibir un premio se deja llevar por un impulso y, desde un puente, se arroja al agua. Y se deja llevar por la corriente. Cuando el personaje que interpreta Isabel Aimé Gonzalez Sola con los ojos completamente abiertos regresa a casa, no entiende nada. El agua le repugna. Su cuerpo, su vida, todo a su alrededor ha cambiado. Ella es, de repente, el faro en el que converge una luz extraña que todo lo desnuda: el ridículo de su vida burguesa, el absurdo de su condición de mujer de éxito, la violencia de una sociedad violenta... Y así hasta los huesos de un vacío que todo lo puede. Digamos que Mumenthaler deja la película entera suspendida de la incertidumbre de un mirada esencialmente incierta. Y ahí, en una exhibición pautada entre el acertijo y el dolor, se queda a vivir en un perfecto ejercicio de cine íntimo, sugerente y sugerido, un derroche de cine perfectamente terrenal y, pese a la prevención que demuestra la protagonista, muy acuático. Sin duda, el cine es esto: puro y doloroso misterio. Milagroso. Sonámbulo.
--
Directora: Milagros Mumenthaler. Intérpretes: Isabel Aimé Gonzalez Sola, Esteban Bigliardi, Jazmín Carballo. Duración: 104 minutos. Nacionalidad: Argentina.