Las horas posteriores a la victoria de España sobre Francia en las semifinales del Mundial vieron cómo en Dallas -una ciudad cariñosa, calurosa, anfitriona de nueve partidos del torneo- el comentario de los forasteros (muchos) y los autóctonos (pocos) era el mismo: «¡Qué equipo!». Se referían, tanto en un bar del centro como en un club de las afueras, a España, cuyos jugadores andaban desperdigados por esa misma ciudad con sus familias. Luis de la Fuente ha permitido un régimen laxo en la concentración y con el billete a la final en la mano, qué menos que darles tiempo libre a los protagonistas de una de las noches, tarde en el estado de Texas, que quedarán ya para siempre en la historia del fútbol, y del deporte, español.
Lo de menos son los números. De hecho, los oficiales engañan, pues según la FIFA, España tuvo poco el balón para lo que es España (un 45%), remató las mismas veces que su rival (10) y, entre los tres palos, Francia disparó más (tres contra dos). Da igual. En el fútbol, los números ofrecen pistas, pero dicen mucho más los ojos, y el mundo contempló, atónito, una superioridad insultante de España sobre Francia, cristalizada en un 0-2 inapelable que se coloca, en corto y por derecho, en el podio de los mejores partidos de la selección en toda su historia. Dallas une su nombre a ciudades como Kiev, Viena, Durban, Querétaro, Valencia y Gelsenkirchen, otros escenarios de leyenda en el libro de oro de nuestro fútbol.