Cultura

Manuel Vilas y Marta Jiménez Serrano, un encuentro entre el entusiasmo y el desengaño: "La literatura es un gran servicio a la vida"

Para llegar al lugar señalado hay que andar y andar y andar un poco más. Paso a paso, el habitual paisaje arbolado va quedando sustituido por hileras de libros apilados. Libreros, asistentes y escritores por igual recorren la Feria del Libro de Madrid casi sin inmutarse, mientras las casetas se van sucediendo entre sí, y los ejemplares se amontonan. En medio de todo ese caos bullente, las filas de asientos de uno de los pabellones en el corazón de la Feria se van llenando una tras otra. Dos de los autores más reconocidos del panorama narrativo español, Marta Jiménez Serrano (Madrid, 1990) y Manuel Vilas (Barbastro, 1962), se reúnen para hablar de este otro milagro íntimo que son los libros, en un nuevo encuentro organizado por La Lectura, el suplemento cultural de EL MUNDO.

Sobre literatura, entusiasmos y desengaños. Bien podría ser la sinopsis del evento, patrocinado por la Fundación Santander. No es el caso. Se trata realmente de su título, y la explicación es casi poética: «Encontré vínculos en dos espacios que no tienen nada que ver narrativamente, aunque conceptualmente sí vi algunos vasos comunicantes», explicó Lucas haciendo alusión a las obras de ambos escritores. Se refiere a Oxígeno (Alfaguara), un relato en primera persona sobre el accidente doméstico que Marta Jiménez Serrano sufrió hace ya más de seis años. Manuel Vilas, por su parte, no es ajeno a ese sufrimiento, aunque en este caso Islandia (Ediciones Destino) narra la cruda realidad de un divorcio, el suyo propio.

De desengaños parece ir la cosa y coincidieron los dos en ese difícil equilibrio entre la ficción y la realidad. «Siento que la exposición a la que me enfrento en mi libro es muy tramposa. Para mí, se trata de un relato controlado, con el narrador que yo he querido y con la información jerarquizada como yo quiero», explicó la autora de títulos como Los nombres propios. Quizá sea su pasado como poeta o la terapia, pero en eso de mostrar los sentimientos Vilas parece todo un experto: «Yo soy un inconsciente cuando escribo, no mido mis palabras y cuando el libro aparece empiezo a sufrir trastornos de ansiedad porque me doy cuenta de que lo he contado todo». La palabra, coincidieron los dos, la manejan a su gusto para contar su realidad en primera persona. «Escribí Islandia a pie de divorcio», confesó el oscense.

Las novelas, además, no dejan de mostrar algunos problemas de la realidad actual. Lucas, de hecho, definió ambas como artefactos políticos con un mensaje cautivador, especialmente Oxígeno y su clara crítica a la crisis de la vivienda. «Era indisociable de la historia, pero tuve mucho cuidado de contarlo desde el lugar más limpio posible», agregó Jiménez Serrano. Y, aunque la denuncia a la precariedad no aparezca escrita de forma literal, su presencia queda asumida desde la primera línea: «La historia en sí ya lo narraba. No necesitaba más. No quería que sonara como un artículo de periódico». El mercado inmobiliario, como desengaño de los que han hablado los autores.

No por ser la más obvia ha de ser ignorada esa desilusión con respecto a la pareja. Porque el amor parece ser la base de todo. De lo bueno y de lo malo. «Yo viví tres meses de auténtico sufrimiento porque me di cuenta de que estaba profundamente enamorado de mi mujer. Y no lo sabía. Llevaba una venda en los ojos», aseveró Vilas. Islandia, en su caso, funcionó como un «acto de expiación» mientras luchaba por descubrir qué había cambiado en su relación y por qué ya no se amaban. «Hay algo en las dos historias de pareja que es difícil de contar porque es muy inasible», apostilló Jiménez.

Sus obras relatan desengaños, sí. Pero sin olvidarse de los entusiasmos. Fue José Hierro quien dijo que «a la alegría se llega por el dolor» y estos autores lo han demostrado con su pluma y con su experiencia. «En el caso concreto de Oxígeno se mezclan el pánico por morir y el asombro por estar vivo», describió la madrileña. Quizá por eso la ironía y el humor quedan tan plasmados entre sus líneas. «Es lo que hace el peso de amortiguación necesario, pero no quería que fuera un escudo contra lo grave», incidió.

"Soy un inconsciente cuando escribo. No mido las palabras y cuando el libro aparece empiezo a sufrir trastornos de ansiedad porque me doy cuenta de que lo he contado todo"

Manuel Vilas, autor de 'Islandia'

Aunque parece imposible, en Islandia el uso de la comedia es incluso mayor. O al menos esa es la visión que traslada el autor de esta novela: «Tanto la ironía como el humor acuden a mí de una forma absolutamente natural y que tiene que ver con mi manera de ver la vida, a pesar de que no tenga jamás una intencionalidad humorística». Es entonces cuando el verso de José Hierro se convierte casi en una filosofía vital, al menos para Manuel Vilas. De ahí que la celebración de la vida y sus cambios de rumbo sean los aprendizajes que se obtienen al leer Islandia. Y también Oxígeno. «Yo tenía que contar mi historia, sobre todo para que sirviera a otras personas», explicó el escritor durante el encuentro.

Entre vítores y aplausos, la mesa fue llegando a su fin. Minuto a minuto, los dos escritores se iban precipitando hacia su conclusión final. Ambos cargan una historia sobre desengaños y entusiasmos, sí, pero, sin duda, lo que capitalizó el encuentro fue la literatura. Porque Marta Jiménez Serrano y Manuel Vilas son expertos en ella y los dos han utilizado la palabra como vía de escape y de desahogo. «Yo concibo la literatura como un gran servicio a la vida», detalló Vilas. Y tanto. Oxígeno e Islandia se articulan como dos diarios de una tragedia inevitable. Un divorcio y un accidente doméstico grave. Un «ya no estoy enamorada de ti» y un «supe qué es estar muriéndose». Sobre todo, un dolor en común que les ha llevado a plasmar su emoción en las páginas que hoy leen miles de personas. «De un libro hay que salir con más razones para estar enamorados de la vida», defendió Vilas. Porque, según coincidieron, la literatura es «una defensa a la vida». Y eso, tras casi una hora de diálogo ante el público, parece haber quedado claro en el encuentro.


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