Van tres pedacitos del artículo Bienvenida Pérez, firmado por Francisco Umbral (ELMUNDO, 25 de marzo de 1994): 1) «Bienvenida Pérez Blanco está entre la viuda alegre de Alberto Moravia y una dependienta de mercería, con todo mi amor para las dependientas. Pelo negro endrino español teñido de anglosajón rubio y un collar que le llega hasta el coño». [Mucho tardó en salir la palabra coño]. 2) «Bienvenida Pérez es una Agustina de Aragón, una Manolita Malasaña de la lucha contra los ingleses, en este caso». [Umbral nunca tuvo mucha simpatía por el Reino Unido]. Y 3) «Aunque tiene fotogenia, a mí no me suliveya como chai. Hay que ser muy inglés, muy ministro y muy tonto para jugarse el carrerón por un cuerpecillo así, aunque a lo mejor hace muy bien el carrete». [Cómo explicar lo del carrete, Dios mío].
No es que el artículo se entienda mucho en 2026 ni que suene muy prudente pero es gracioso en su divagar. Umbral escribió ese día tras una emisión de La máquina de la verdad en Telecinco en la que Bienvenida fue interrogada porque parecía importantísimo saber si espiaba para Iraq o no. Hay 20 minutos del programa colgados en YouTube y en ellos se ve que, para vestir un poco al santo, el programa tenía a seis contertulios que, en resumen, decían bobadas. Salía un ex jefe del MI5 que no estaba mal pero al que cortaban todos, un ex espía soviético muy simpático pero inverosímil, un diputado de Coalición Canaria que hablaba como un senador romano y una abogada feminista especialmente imprecisa, además del propio Umbral, que aparecía sentado en un pupitre que le quedaba pequeño. Parecía uno de esos repetidores de 1,95 que siembran el terror en clase. La verdad: Umbral también decía bobadas en su intervención pero por lo menos eran bobadas ramonianas y no se enrollaba mucho, como diría él mismo. Umbral había ido a La maquina de la verdad a enterarse de si Bienvenida le suliveyaba y el caso es que no, no mucho.
«Tengo muchas cosas que contarte, Umbral, dame tu teléfono. Y se lo di», se lee en el artículo de EL MUNDO. Pero Umbral no volvió a escribir sobre Bienvenida Pérez o sea que aquello no debió de ser para tanto.
Marzo de 1994 fue el mes de Bienvenida. «Sir Peter Harding, jefe del Alto Estado Mayor de la Defensa, el miembro de mayor graduación del estamento militar británico, asesor especial de John Major y consejero de la Reina, presentó la dimisión tras descubrirse su affaire con Bienvenida Pérez-Blanco, una española de 32 años de la que se separó el pasado año sir Anthony Buck, ex diputado conservador y antiguo secretario de Estado de Defensa», publicó este mismo diario el 1 de marzo. Además de la falta de decoro, en el Reino Unido se habló de un nuevo caso Profumo. ¿Conocía la amante española secretos de Estado, secretos de cama?
Durante los siguientes días, la información fue confusa. Unas veces, Pérez tenía 30 años, otras 32, otras 35; se llamaba Francisca, Bienvenida, María; su padre era industrial, abogado, bebedor sin oficio; era valenciana, sevillana, londinense; fue amante de un delincuente horroroso llamado Valerio Viccei, fue su amiga, no lo conocía de nada; había sido secretaria de dirección, dependienta en una tienda de lujo, diseñadora de moda, prostituta... Bueno, parece que sí, que Pérez fue escort en Londres (100.000 pesetas el servicio) después de su divorcio, o eso contó ella en The Sun.
En España, la opinión pública no fue severa: en La máquina de la verdad habló el pueblo. Una cámara salió a la calle de Valencia y cinco o seis vecinos dieron sus opiniones, que se pueden resumir en «bien hecho, guapa, coge la pasta» y «que se jodan los ingleses por puritanos y por Gibraltar». Esta última idea aparece en muchos de los artículos publicados sobre el asunto, incluido el de Umbral, aunque hay una excepción interesante, un texto de Manuel Hidalgo que dio contexto: tras la Guerra Civil, muchas emigrantes españolas se fueron a Francia al Reino Unido para hacer de au pairs y acabaron en la prostitución, engañadas por malvados proxenetas como de Céline. ¿Era Bienvenida el final de esa tradición? ¿Era su venganza?
Las cámaras de La máquina de la verdad se detenían obscenamente en las manos de Bienvenida, en sus medias de nylon, en sus perlitas, en sus zapatitos de señora de derechas. Ella se presentaba como una rebelde que había caído en la infamia porque el sistema se cebaba en las mujeres, en las extranjeras, en las personas independientes como ella. Hablaba en español con un extraño acento, pero había un momento en el que daban ganas de creerla.
«Nací en Valencia en 1957. Mis padres se separaron cuando yo tenía sólo unos meses, mi abuela fue la que se encargó de mí. A los 16 años vine a Londres» dijo una entrevista en EL MUNDO: «Tuve una relación con un hombre que me dejó económicamente una posición maravillosa que me permitió llevar una vida muy elegante. Tengo un piso maravilloso en Londres. En 1989 conocí a sir Antony Buck, y me vi metida en la política. Durante mi matrimonio me di cuenta de que mi marido tenía problemas con la bebida y mi vida se hizo difícil. Conocí a sir Peter Harding. Tuvimos una relación muy íntima, pero mi marido se enteró, porque tenía la costumbre de leer mis cartas».
P. ¿Fue Harding indiscreto en algún momento. ¿Si usted hubiera sido una espía, le habría sacado información?
R. Oh, sí. Habría sido muy fácil, hablaba mucho de sus cosas.
Pérez construía un personaje casi subversivo, una Madame Pompadour, una mistress justiciera que iba a destruir el sistema por el método del champagne y el coito en el baño del ministerio. Qué morro también. Su personaje estaba dirigido por el siniestro Max Clifford, un empresario odioso que montaba escándalos kiss & tell: seducción, adulterio, exclusiva, escándalo, posado desnudo... 35 millones le cayeron.