Fue Jean-Jacques Rousseau el que en su célebre Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres se lamentaba de la arrogancia del primero que, tras vallar un terreno, exclamó orgulloso «¡Esto es mío!». Michel Franco (Ciudad de México, 1979) no aspira a tanto (o sí), pero desde hace años -con mención especial para Nuevo orden (2020)-, su cine está empeñado en denunciar el mismo cercado, el mismo exabrupto, idéntica falta de equilibrio. «El problema ahora mismo es doble incluso. No solo las desigualdades son cada vez mayores, sino que los únicos que podrían hacer algo por remediar lo que ya es un auténtico problema que afecta al sentido mismo de la palabra decencia, carecen de estímulos y ganas de cambiar nada. La desigualdad es ahora mismo la gran epidemia de nuestro tiempo. Y cada día que pasa se extiende más», dice al otro lado del zoom el director mexicano.
Su razonamiento quiere enmarcar el sentido y razón de ser de Dreams, último trabajo. En la película protagonizada por Jessica Chastain, se cuenta la historia de una mujer estadounidense que un buen día se enamora (o algo parecido) de un joven emigrante (Isaac Hernández). Ella es filántropa, además de inmensamente rica, y él es un talentoso bailarín, además de pobre, que huye desde su México natal al país de, en efecto, los filántropos. La idea de la cinta es investigar, se diría que otra vez, hasta qué punto las relaciones desiguales pueden ser algo más que relaciones de dominio. Se trata, en definitiva, como ya ensayó el director en películas anteriores como la citada Nuevo orden, Sundown o Chronic, de forzar el límite mismo de lo respirable hasta el desmayo si es posible. Ver profundo para ver más nítido.
«La relación entre México y Estados Unidos es a la vez de dependencia, de admiración y de profundo odio. Digamos que es intensa se mire desde donde se mire. Por un lado, y desde mi país, hay un profundo rechazo a todo lo gringo. Nuestra presidente insiste en esto una y otra vez cada vez que habla de soberanía. Pero, por otro lado, la admiración a la cultura estadounidense se palpa en la calle donde se consume con pasión todo lo que viene de allí». Pausa. «Por un lado, la economía de mi país depende de lo que envían los trabajadores, legales y no legales, que trabajan allí. Por encima del petróleo y el turismo, la principal fuente de ingresos es ése, el dinero de los que allí viven. Y eso crea una dependencia brutal que se ha ido incrementando con el paso de los años. Cuando era niño, no era así. Ves lo que hace la policía de inmigración de EEUU y te indignas. Pero, como todo se puede complicar aún más, en los últimos años, México DF se ha convertido en un imán para los estadounidenses que buscan la ciudad cosmopolita y abierta que ellos no tienen. Paseas por la Ciudad de México y no ves más que gringos», comenta entre enfadado, divertido y simplemente didáctico.
Cuenta Michel Franco que llevaba casi diez años dándole vueltas a la película; que originalmente el protagonista era un hombre; que solo después de que Chastain, con la que ya trabajó en Memory (2023), se interesara por el proyecto decidió darle la vuelta. «En realidad, todo está relacionado: la desigualdad, el patriarcado, el machismo... y hasta el colonialismo», reflexiona con un cierto desdén que, a su modo, también es revelación.
- Hace poco una visita de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, a México sirvió precisamente para revivir viejas afrentas sobre la herencia de la Conquista... ¿También le ofendió a usted?
- Lo que me parece es que se politiza todo de forma algo absurda. Los mexicanos somos producto de la mezcla. Y sinceramente creo que hay que estar orgulloso de ello. Lo estamos de hecho y nadie lo vive como un problema. Cuando surge la cuestión es porque alguien quiere sacar rédito político por la razón que sea. En lo que a mí respecta, es una pérdida de tiempo dedicar un segundo al argumento.
- ¿Debería pedir disculpas el Estado español?
- Me parece una forma de desviar la atención. Hay temas mucho más urgentes a los que dedicar tiempo que a algo que ocurrió hace más de 500 años. Pero nunca está de más reconocer que se hicieron cosas que no debieron hacerse o que se quiten esculturas de Cristóbal Colón de las rotondas. Nadie las va a extrañar, pero tampoco creo que sea relevante.
Sea como sea, queda Dreams (sueños), una película que, como todo el cine de Michel Franco, hace de la incomodidad su forma de ser y estar en el mundo. «Que me acusen de provocador me lo tomo como un cumplido. Si el cine o el arte no son capaces de sorprender, de impactar, de provocar en definitiva, no tienen sentido. Lo contrario es ser aburrido. Y eso es la muerte», concluye el cineasta sin especificar si el aburrimiento que tanto odia es peor incluso que la propia desigualdad.