Si algo ha demostrado la guerra de Ucrania es que los cielos han dejado de ser infranqueables. El gran volumen de producción de drones (algo que es posible en gran parte gracias al bajo coste de fabricación de algunos modelos) permite lanzar reiterados ataques masivos que las defensas antiaéreas no son capaces de detener en su totalidad.
Un buen ejemplo de esa clase de ofensivas es la Operación Spiderweb, llevada a cabo por las fuerzas ucranianas hace justo un año. Kiev introdujo drones de contrabando en Rusia y los lanzó contra aeródromos. Los vehículos no tripulados alcanzaron 41 aviones de combate rusos y causaron daños por un valor de 7.000 millones de dólares (unos 6.000 millones de euros, al cambio actual).
La OTAN ha extraído dos conclusiones de la Operación Spiderweb. Se trata de un nuevo tipo de táctica militar que puede ser imitada y, a su vez, es una nueva clase de amenaza que debe ser estudiada en profundidad con el objetivo de evitar que los enemigos puedan realizar movimientos similares.
En ese sentido, el comandante supremo adjunto de las Fuerzas Aliadas en Europa de la OTAN, John Stringer, ha alertado, en declaraciones a Business Insider, que las amenazas aéreas son ahora mucho más numerosas y tienen mayor alcance que las existentes la última vez que Occidente libró una guerra importante contra un adversario de capacidad similar.
El resultado es que los países occidentales ya no pueden dar por hecho que sus territorios permanezcan a salvo mientras sus ejércitos luchan en el extranjero, ya que los potentes misiles y los drones de largo alcance y bajo coste se han convertido en una amenaza aérea para lugares que antes se consideraban seguros.
A ello, además, hay que añadir el problema de que el bajo coste del armamento permita ejecutar con frecuencia ataques de saturación, en los que las defensas aéreas pierden una parte significativa de su eficacia al no estar capacitadas para derribar un gran número de objetivos de forma simultánea.