En el paréntesis entre la final del Mundial y el comienzo de las Ligas nacionales, el fútbol hierve con el tradicional trasiego de fichajes y otros movimientos en los que el dinero es el protagonista. Como siempre, los clubes ingleses han tirado la casa por la ventana, encabezados por el Chelsea, que ha pagado 138 millones al Aston Villa por Morgan Rogers. Del Forest, por 135, ha llegado Elliot Anderson al City. Por aquí, el arrítmico Barça y el apollíneo Atleti también se han gastado lo suyo.
El Madrid, que está desatado moviendo un dineral en compras (y en ventas, todo hay que decirlo) con el objetivo de acabar con dos años de miseria deportiva, declara, en cambio, unos ingresos la pasada campaña de 1.221 millones de euros. Es difícil para los no versados en economía comprender la verdadera realidad financiera de un club extremadamente complejo en materia contable. El balance está encerrado crípticamente en términos como "patrimonio neto", "deuda neta excluyendo la generada por el estadio", "después de ebitda", "margen bruto", "resultado operativo básico", "pólizas de crédito", "resultados de explotación antes de amortizaciones", etc.
Pero el auténtico bombazo económico de la actualidad era el plan de privatización parcial, preludio con vaselina del total, de la Copa del Mundo que, sin luz ni taquígrafos, había perpetrado Infantino, ese mercader fenicio nacido por error geográfico y temporal en Suiza: el FIFA Forward Enterprise. Mediante la venta del 20% de un negocio cifrado en unos 20.000 millones de dólares, esperaba recaudar hasta 4.200. Una iniciativa en la que, casualmente, estaría interesado el empresario Josh Kushner, hermano de Jared Kushner, yerno de Trump, ante el que Infantino se postra.
Gianni es siempre en extremo complaciente con los poderosos, no sólo con Trump. También con Putin en 2018, con la teocracia qatarí de la dinastía Al Thani en 2022 y ahora con Mohamed VI, que le está camelando. Asistió a la conmemoración del 27º aniversario del reinado del monarca marroquí el mismo día en el que los almohades, los almorávides y los benimerines volvían a invadir España. Personaje codicioso y sobornador de federaciones pobres, la oposición de las Confederaciones europea, norteamericana y asiática le ha obligado a recular. Se ha pegado un tiro en los dos pies y su reelección en marzo en el 77º Congreso de la FIFA (¡en Rabat!) se ve amenazada. Para empezar, el nuevo Premier del Reino Unido, Andy Burnham, le ha pedido la dimisión.
Todos estos movimientos económicos suceden en los ambientes palaciegos, más o menos transparentes, del fútbol. Al Rayo, orgullo social de un barrio popular y trabajador, se le asocia hoy a una chabola cochambrosa y ofensiva para el fútbol en su conjunto. El estadio es, incompresible e intolerablemente, una construcción degradada hasta el abandono y un basurero inmundo. Hay que repararlo y desinfectarlo.
Martín Presa, empadronado ahora en Burgos, se transformó en Diógenes. Pero su síndrome no es el de un filósofo, sino el de un trapero.