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Penélope Cruz y su posible doble nominación a los Oscar: "Me puse tan nerviosa cuando lo leí que tuve que borrar lo que contesté al que me lo dijo"

Penélope Cruz y su posible doble nominación a los Oscar: "Me puse tan nerviosa cuando lo leí que tuve que borrar lo que contesté al que me lo dijo"

Entre la plenitud artística de Norma Shearer y la de Penélope Cruz median casi cuatro generaciones, más de ocho décadas, infinidad de películas y, contando la que se celebrará el próximo mes de marzo, 97 ediciones de los premios de Oscar. Media también un cambio en la reglamentación para elegir a los candidatos a los premios de la Academia, pero eso es burocracia. La primera nació en Montreal en 1902 y la segunda, de sobra es conocido, en Alcobendas mucho después. A la primera se le recuerdan (con dificultad, pero ahí están) películas como La divorciada, de Robert Z. Leonard, o Mujeres, de George Cukor (eso por no mencionar que perdió el papel protagonista en favor de Vivien Leigh de Lo que el viento se llevó por muy poco). De la segunda no hace falta recordar nada porque sigue ahí. Y de qué manera. En lo que va de año se le ha visto en La bola negra, de Javier Calvo y Javier Ambrossi; dentro de no mucho se la volverá a ver al lado de Javier Bardem en Búnker, de Florian Zeller; y de forma inminente, este mismo viernes, suya es la pantalla merced a una de las sorpresas de la temporada: La invitación, de Olivia Wilde. Y todo ello tras su aparición en ¡La novia!, de Maggie Gyllenhaal, y a la espera del próximo trabajo de Nancy Meyers al lado de Owen Wilson, Jude Law y Kieran Culkin, y, lo que viene de Isabel Coixet, con la que repite después de tanto tiempo.

¿Y qué es lo que une a una y otra? De momento, poco. Pero algo. Si se cumplen todos los pronósticos de cara a la premios de la Academia (es decir, las previsiones de la revista Variety y, de su mano, las de todas las publicaciones especializadas de peso), a una y otra les asiste la Historia, que es mucho. Norma Shearer figura en los anuarios como la única actriz del planeta que en el mismo año, 1930, en la tercera edición de los Oscar, fue nominada en la misma categoría por dos películas diferentes: la citada La divorciada y Amanecer de amor (Their Own Desire), de E. Mason Hopper. Pues lo mismo le ocurrirá con toda probabilidad a Penélope Cruz gracias a los papeles de la cupletista Nené Romero en la película de los Javis y de la desinhibida sexóloga Pina en la cinta de Wilde que es remake de Sentimental, de Cesc Gay. El cambio de reglas mencionado arriba ha obrado no tanto el milagro como la coincidencia. Hasta el año pasado, si un mismo actor aparecía dos veces en el mismo casillero, se descartaba la opción con menos votos y corría el puesto. Ya no. Pero eso, en efecto, es burocracia. Shearer, Cruz y, en efecto, "la fantasía de la posibilidad", que diría Nené.

"A quien me escribió para contármelo, no puedo decir en voz alta lo que le contesté. Me puse tan nerviosa que nada más responder, tuve que correr a borrar lo que había escrito", comentaba hace poco la actriz en referencia a la primera vez que surgió la cuestión Shearer, llamémosla así. Su comentario tuvo lugar en el Festival de Venecia, tradicional escenario de todo lo que será premiado desde finales de año hasta el 14 de marzo, día de la gala mayor. Por entonces nada, o poco, se sabía aún de la explosión de La bola negra tras su triunfo posterior en el Festival de Toronto. "En verdad, todo esto no es tanto alimento para el ego —aunque no oculto que es un subidón y que es sano y humano que así sea— como constatar que aún siguen contando contigo para personajes y papeles interesantes, que es lo que me importa de este trabajo y que es lo que me ha importado desde el día uno. Todo esto de los premios no es mi motor, no es lo que me da felicidad. Lo que importa es lo otro", decía como seguro que en algún momento de su vida dijo Shearer.

La hipotética doble nominación colocaría a la actriz de Alcobendas en el grupo de las 20 intérpretes con más menciones (seis serían en total) al lado de mitos como Deborah Kerr o Vanessa Redgrave. Pero más allá de las estadísticas, lo que se adivina es un camino nuevo más maduro, más profundo, mucho más delicado. En la primera escena de Búnker, la cámara se detiene en su rostro. Ella simplemente calla, escucha lo que dice el personaje de Bardem. Y en ese silencio entre la ironía, el pesar, el misterio y algo distinto que el espectador deberá descubrir poco a poco, como se revelan los secretos que importan, se adivina un registro solo al alcance de las más grandes. La Penélope de La bola negra es heredera directa de la Raimunda de Volver o de la Macarena de La niña de tus ojos o, apurando, de la María Elena de Vicky Cristina Barcelona. En ella es fácilmente reconocible a la intérprete incendiaria y única que agita, anima e insufla de vida el espacio que le rodea como nadie es capaz. Nadie mueve los brazos tan al compás de la sangre como ella.

La Penélope de Búnker, como la de La invitación, es otra. La Pina de la película de Olivia Wilde se permite monólogos delirantes sobre la perimenopausia ("¿Que te parecería si tus testículos se encogieran y tu escroto vacío se agitara al viento durante los próximos 30 años?", dice mientras estruja dos aceitunas), bromea sobre sí y hasta sobre su propia filmografía ("No es jamón, jamón, es prosciutto") y ensaya algo así como un striptease interruptus ante la felicidad nasal y abisal de Seth Rogen. Y todo ello sin renunciar, y esto es lo que cuenta, a que el valor de su interpretación repose en algo tan elemental básico y hondo como la mirada. Tan sencillo, tan único, tan perfecto. Su personaje es a la vez el más divertido de todos, el más enigmático, el más seductor, el más sexy, el más charlatán, el más silencioso y, por qué no, el más herido. La invitación no es más que una comedia romántica y sexual de una noche de verano alrededor de una pareja con la misión protocolaria de ser de nuevo eso, pareja (la propia Olivia Wilde y Seth Rogen). Lo único que la hace distinta y --pese a ser el enésimo remake del mismo texto de Cesc Gay-- única es una Penélope Cruz enorme, apabullante y, en efecto, distinta.

En la conversación de Venecia, la actriz comentaba que las carreras no solo se construyen sobre cada una de los aciertos, sino también sobre cada una de las renuncias. "Tan importantes como los síes, lo son los noes", decía. Cabría añadir que tan relevante como las líneas de guion escritas, lo son también las otras, las que solo la mirada que procura el tiempo de una carrera entera es capaz de pronunciar. En silencio. La fantasía de la posibilidad.


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