Cultura

Philip Cummings, el americano que llevó a Lorca al Edén

Philip Cummings, el americano que llevó a Lorca al Edén

"Se amaban por encima de todos los museos. Mano derecha, con mano izquierda. Mano izquierda, con mano derecha. Pie derecho con pie derecho. Pie izquierdo con nube. Cabello con planta de pie. Planta de pie con mejilla izquierda. ¡Oh, mejilla izquierda! ¡Oh, noroeste de barquitos y hormigas de mercurio! Dame el pañuelo, Genoveva; voy a llorar. Voy a llorar hasta que de mis ojos salga una muchedumbre de siemprevivas. Se acostaban. No había otro espectáculo más tierno. ¿Me ha oído usted? ¡Se acostaban!».

Federico García Lorca escribió el párrafo anterior, parte de un cuento titulado Amantes asesinados por una perdiz y dedicado a Guy de Maupaussant, después de yacer con un estudiante estadounidense llamado Philip Cummings. La historia es sencilla. Cummings había llegado a Madrid para estudiar español en la Residencia de Estudiantes en verano de 1928. Una noche, hacia el 20 de julio, oyó que alguien tocaba el piano en los salones comunes. Se acercó y descubrió que el músico era García Lorca. Pedro Salinas, que era profesor de Cummings, hizo las presentaciones.

Cummings, que probablemente supiera quién era Lorca, le dijo que él también era poeta y le regaló unos versos que había improvisado al escuchar su concierto. Se acostaron juntos esa noche y se dedicaron tiempo el uno al otro durante la siguiente semana y media. Recorrieron la ciudad como amigos y amantes. En medio, el 27 de julio, los primeros ejemplares de Romancero gitano llegaron a las librerías. Su impacto fue instantáneo.

El día 29, Cummings se fue de Madrid, de vuelta a casa, a la costa este de Estados Unidos. El 2 de agosto envió una carta después de zarpar de Le Havre: «Muy querido amigo mío: aquí estoy sobre el gran mar y pensiendo mucho de usted -amigo tan simpático- en España la simpática -la graciosa si (tan lejos). Nunca olvidaré España, la gente española y especialmente mi poeta español -usted- mi querido Señor Lorca. [...] Por favor perdona mis faltas en la lengua castellana que yo sé deber de ser muchas. Su amigo siempre q.b.s.m. [que besa su mano] Philip».

Philip Cummings y Federico García Lorca aparecen abrazados en la fotografía de la portada del libro Lorca en Vermont (Taurus), de la investigadora estadounidense Patricia A. Billingsley. El escritor granadino lleva un cesto con flores en sus manos y el subtítulo del libro reza: El poeta español y su amante americano. El dato no es desconocido: desde los años 70 y hasta su muerte en 1991, Cummings contó su enamoramiento a los biógrafos de Lorca. Esta vez, su relación aparece narrada en detalle y proyectada sobre los poemas de Poeta en Nueva York, escritos en parte bajo su influencia vital y poética.

«Philip era un hombre fascinante. Era un superviviente. Sus orígenes eran humildes. Le acosaron de pequeño y tuvo una educación muy estricta pero, de alguna manera, salió de ahí. Era un hombre con mucho talento para la vida social. Entendía a las personas, se daba cuenta de lo que expresaban sin querer y de lo que necesitaban. Y así se abría las puertas del mundo. O sea que, si quiere, puede decir que era un poco manipulador. Sabía lo que debía decir para que la gente se adaptara a lo que quería. Era un poco actor», cuenta Billingsley.

Un poco actor y un poco embustero. Cummings se inventaba vidas, linajes, amistades y estudios. Era simpático, guapo y casi pelirrojo. Se hizo una foto vestido de torero y publicó un poema en The New York Times. «En esa época, la poesía era muy popular en Estados Unidos y Philip tuvo cierto reconocimiento. Ganó premios y fue publicado en antologías muy populares después de conocer a Federico. Escribía en verso libre pero con tendencia al ornamento modernista. Diría que tuvo cierto talento y que amó la poesía. Su biblioteca era estupenda. No diría que fuese un poeta mayor, pero fue suficientemente buen escritor como para conectar con Lorca y para hablar con él de poesía», dice su biógrafa.

¿Y Federico? En julio de 1928, García Lorca estaba a punto de dejar de ser el adolescente de 30 años que era para convertirse en el poeta más importante de España. También estaba deprimido. Dalí había despreciado su Romancero gitano, probablemente influido por Luis Buñuel. Su enamorado, Emilio Aladrén, también había entrado en la fase del desdén y el desamor. La aparición de aquel americano que hablaba un español desastroso y encantador fue un alivio maravilloso y efímero.

«No estoy seguro de que Philip se viera a sí mismo como gay, pero creo que tampoco sintió vergüenza por acostarse con hombres. Sabía, desde el principio, que tener relaciones homosexuales era algo no aceptable en la vida pública y aceptó hacer el pacto de la ocultación. Asumió el rol de heterosexual, se casó e hizo su vida. Tuvo una ventaja. Su trabajo le permitió siempre pasar meses fuera de casa, tener una doble vida», dice Billingsley. «La homosexualidad de Federico fue más paradójica. Federico sí se aceptó como gay, pero vivió esa elección de una manera torturada».

Al llegar agosto, Lorca y Cummings se despidieron, intercambiaron algunas cartas y pensaron que se olvidarían como se olvidan los amantes del verano en el invierno. No fue así. Durante ese año, y a pesar del éxito de Romancero gitano, Lorca rondó la depresión y algunos de sus amigos pensaron en enviarlo a Nueva York para que tomara aire y ampliara su mirada al mundo. «Aquel fue un momento muy vulnerable en su vida. El viaje a América fue una aventura y lo puso en una posición a la que no estaba acostumbrado. La incomprensión de la barrera lingüística, la soledad... Lorca estaba lejos de su familia y de sus admiradores. Nueva York lo abrumó con su escala, con sus masas y con el sonido de todos sus idiomas. Los poemas que escribió son de angustia, rabia, ansiedad, miedo... Son sentimientos que no estaban en su vida en España», dice Billingsley.

Enterado del viaje, Cummings invitó a su amigo a que lo visitara en la casa de verano que sus padres habían alquilado en un lago de Vermont: el Eden. «Es un sitio precioso. Es un lago pequeño y está en una zona muy rural de granjas y bosques. No hay ninguna ciudad cerca, sólo algunos pueblos. Y sigue siendo hoy como en 1929. La gente va en verano a nadar y pescar y se va. Para Lorca, aquel era un paisaje completamente nuevo porque los paisajes de montaña en Granada son mucho más secos. En Vermont hay muchísimo verde. La vida natural está en todas partes».

Y en Vermont estaba también el amante. En resumen: Cummings descubrió para Lorca a Walt Whitman, fue su primer traductor al idioma inglés, lo llevó a hacer excursiones y se acostó con él. Pero, al cabo de los días, se fue de escalada con otro amigo, más joven y más guapo que Federico, y anduvo de coqueteo con alguna chica del pueblo. De modo que el poeta español, que no hablaba inglés y dependía de Cummings para entenderse con el mundo, se preguntó qué hacía allí. Y se fue. Cogió un tren y pasó unos días con la familia de otro amigo más formal, el profesor español Ángel del Río, que, después de la muerte de Lorca, intentó que la escapada romántica a Vermont desapareciera de la biografía del poeta.

¿Algo más en el relato de los hechos? Sí: al año siguiente, Cummings volvió a pasar por Madrid, pero Lorca ya no era el mismo, ya había puesto un poco de distancia y de protección respecto al mundo. Después, Cummings volvió a América y siguió con su vida. Su antiguo amante murió asesinado en otro verano fatal.

Pero eso queda lejos del libro de Billingsley. En Lorca en Vermont no sólo importa la historia del romance sino su proyección sobre los poemas de Poeta en Nueva York, publicado por primera vez en 1940. La hipótesis de la autora es que la escapada a Vermont fue un contrapunto radical a la soledad de aquellos meses en la isla de Manhattan y un poco de luz en el poemario más difícil de García Lorca, el más surrealista y desafiante como lenguaje.

Lo justo será terminar con unos versos neoyorquinos de Lorca: Nueva York de cieno, / Nueva York de alambres y de muerte. / ¿Qué ángel llevas oculto en la mejilla? / ¿Qué voz perfecta dirá las verdades del trigo? / ¿Quién el sueño terrible de sus anémonas manchadas? El poema es Oda a Walt Whitman y Whitman, ya está dicho, fue el mejor regalo que Philip Cummings hizo a su «querido Señor Lorca».


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