Cultura

Prosperidad y larga vida al papa León XIV

Prosperidad y larga vida al papa León XIV

El día 2 de noviembre de 1982, mi madre y mi abuela estaban más felices que de costumbre para ser un día de diario. Se levantaron muy temprano y no para llevarnos al colegio, sino para acudir a su evento del año: ver en persona a su ídolo, su Santidad Juan Pablo II. Por entonces yo estaba en otros menesteres que diferían en estilo pero no en intención y actitud. Mi acontecimiento tendría lugar días más tarde, concretamente el 20 de diciembre. Y no en el cementerio de La Almudena, sino en el Pabellón de Deportes del Real Madrid. Ellas acudían a una misa oficiada por el Papa. Yo, a la puesta de largo en directo del grupo Mecano. Pero la fe, admiración y veneración brillaron por igual en ambos escenarios.

El domingo pasado tuve la suerte de ser bendecido por el Santo Padre León XIV. Y jamás tuve más presente a mi madre y a mi abuela cuando tuvieron la suerte de conseguir sitio en primera fila y admirar y escuchar las sabias y coherentes palabras de Karol Wojtyla. Al llegar a casa, mi abuela me dijo: «He visto a un ángel, a un santo». Esa frase se me quedó clavada.

Ahora soy yo quien la protagoniza: he visto a un santo. Un santo que me dio la mano y me miró a los ojos. Y no miento: es de lo mejor que me ha pasado en mi vida. No exagero. Alguien que te produce sensacianes bonitas ha de ser especial. Alguien que te invita a reflexionar, que te anima a quererte a ti mismo y por ende a los demás. Alguien que te recomienda rebajar el tono irascible y antipático para abandonar el enfrentamiento ineccesario y que te insta a que nos respetemos y admiremos aunque pensemos de forma diferente. Alguien así es alguien total. Porque en él y sus palabras está la esencia del avance. Lo que quiero para mí lo quiero para los demás. Máxima cristiana que debería ser asignatura obligatoria en la carrera de la vida. Educación, buenas maneras y diplomacia. Respeto y espiritualidad. Todo eso tiene un nombre: León XIV. Además es guapo. Tiene cara de pillo, de pillo bueno, de buena gente, y su tono de voz transmite paz y serenidad mezclada con alegría y celebración. Con música, con atascos que no molestan, al menos a mí.

Encontrar a personas que te devuelven a casa con una sonrisa en la cara es un lujo. Hasta mi amigo Juanillo, ex pintor de corte de Gadafi y agnóstico, me ha escrito este mensaje: «Ayer te vi en la tele. ¿Has oído bien lo que ha dicho el Papa, verdad? Nada de polarización. Y respeto unos a otros. Marito, a ver si entre todos hacemos caso al Papa, creyentes o no creyentes. Que sepas que hoy me siento muy orgulloso de ser tu amigo».

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