Robin Hood: una muerte frívola
Pocas películas recientes más violentas que La muerte de Robin Hood. El nivel de golpes, sangre y brutalidad de su primer acto es tal que, cuando en su tramo final baja un poco las revoluciones, uno piensa que vivir en paz es que no te mutilen diariamente. Pero pocas películas describen mejor la implacable Edad Media que ésta dirigida por Michael Sarnoski y protagonizada por Hugh Jackman. La muerte de Robin Hood ha sido, de manera nada sorprendente, un fracaso en taquilla. Porque a quién le recomiendas ese trago. Podría tener, eso sí, una segunda vida como título de culto cuando dentro de unos años alguien publique la lista de las veinte películas violentísimas que todavía no has visto. El primer personaje que muere en La muerte de Robin Hood es una niña hambrienta. La mata Hugh Jackman.
Hemos estilizado, satirizado y desvalorizado tanto la violencia en el cine que, cuando nos la encontramos de frente, tendemos a rechazarla. Como abstracción no nos perturba, pero evitamos que sea concreta o, peor aún, visible. Apenas se ven cadáveres en películas en las que ciudades enteras son destruidas. Sabemos que hay millones de muertos y, sin embargo, nadie sangra y nadie agoniza. En definitiva, nadie muere. Están, como diría aquella, «de viaje». Perdón por la frivolidad.
El Robin Hood de La muerte de Robin Hood es, obviamente, Hugh Jackman, así que es fácil imaginar el destino del personaje. Jackman también muere en otra película reciente. Las ovejas detectives es una película encantadora y perfecta para ver con niños, pese a que la muerte del personaje de Jackman, un pastor noble, sea clara, triste y, dentro de lo que cabe, cruda. Puede que mi sobrina pequeña la recuerde toda su vida, pues puede que la de ese pastor sea de las primeras muertes que ve en una película. Una película que la mira a los ojos, a sus ojos de niña. Las ovejas detectives tiene un final precioso y esperanzador, pero eso no quita para que enfrente a sus espectadores más jóvenes no con la idea de morir, sino con su realidad. En algún momento tendrá que hacerse y esa película lo hace muy bien.
La muerte de Robin Hood también consigue lo que pretende: mostrar la barbarie de la Inglaterra medieval y, por extensión, de cualquier momento y lugar en el que la única ley es la del más fuerte. Y mostrarla significa eso: mostrarla.
Cada muerte que vemos en la película de Sarnoski es, precisamente por tener entidad propia en la pantalla, digna. Es una persona muriendo, es un momento brutal y trascendente, está ahí y nos lo enseñan. Y vale más que los miles de soldados imperiales volatilizados fuera de campo en Star Wars o que las docenas de ciudadanos norteamericanos aplastados por los escombros de un rascacielos derribado accidentalmente por un superhéroe Marvel patoso. Un superhéroe divertidísimo, eso sí. Lo que nos insensibiliza hacia la violencia es esa frivolidad. Morir es una cosa seria.