Cultura

Salvador Sobral: "Sentía rabia todo el rato y no quería que me quisieran. Quería que me dejaran solo con mi cuerpo feo"

Salvador Sobral: "Sentía rabia todo el rato y no quería que me quisieran. Quería que me dejaran solo con mi cuerpo feo"

Si dibujas la antítesis de cómo imaginas a un ganador de Eurovisión, te sale Salvador Sobral (Lisboa, 1989), pero el hecho es que el portugués se llevó el concurso en 2017. Un tipo que, principalmente, hace jazz reventó los clichés rumbo a una fama que, compaginada con una enfermedad gravísima, le sentó fatal. Una década después, vive en Barcelona, sano y feliz, y acaba de publicar ‘A flor do recomeço’, un disco dedicado íntegramente a la música brasileña. "La música nació en Brasil. Me dicen que fue en África, pero es mi convicción y, cuando vengan los historiadores refutaré todos sus argumentos", bromea (o no).

¿De dónde viene esa obsesión?
Cómo cantan la tristeza con tanta alegría, la complejidad sencilla de sus canciones... Me cautivó desde niño, cuando iba de vacaciones con mis padres a Algarve, aún no había autopista, tardábamos cinco horas y en el coche escuchábamos a Nilton César y a Maria Bethania. Para mí, como niño, la sensibilidad musical nació por la música brasileña.
No se me ocurre una carrera de ganador de Eurovisión más alejada de lo que se espera.
La misión siempre fue utilizar el concurso. Instrumentalizar esa victoria para conseguir un público fiel al que le gustara de verdad mi música. Los primeros años de adaptación fueron difíciles porque creo que la fama instantánea nadie la puede gestionar bien. Al menos, yo no supe. Desde entonces, durante todos estos años, he tratado de encontrar mi identidad y mi lugar en esta industria usando esa victoria en Eurovisión, pero sin depender de ella.
¿Lo has logrado?
Ha costado, pero sí. Recuerdo que, después de ganar, hacía conciertos carísimos, con un precio de las entradas que ahora me parece una locura y venía mucho público, pero sólo quería escuchar esa canción, no le gustaban los solos de contrabajo. Eso no podía durar y no me interesaba. Poco a poco, la gente fue entendiendo quién era yo. Unos se quedaron y otros se fueron, pero hoy en día tengo un público al que lo que le gusta genuinamente es mi música y no el famoso. De hecho, ya no soy ni famoso [risas].
¿Nunca te tentó coger el camino fácil hacia el éxito?
No demasiado, pero tengo que decirte que eso no se lo debo sólo a, digamos, mis principios y mi carácter de querer hacer lo más honesto con mis gustos. Se lo debo también al privilegio porque nunca me ha faltado nada en mi infancia y mi juventud. Si yo hubiera venido de una clase social muy humilde, tal vez me habría deslumbrado con el dinero y la fama, pero como mis padres me dieron todo lo que necesitaba y vengo de una clase media acomodada, el dinero no me condiciona mucho. Entonces, supe tomar las decisiones adecuadas desde un lugar de privilegio.
No es muy habitual esa autoconciencia en tu mundillo.
Es curioso porque, cuando hago entrevistas, me dicen bastante a menudo eso de "qué normal o qué honesto eres". Joder, en qué mundo estamos para que sorprenda que alguien sea honesto. Eso me preocupa. ¿Con qué artistas estáis hablando los periodistas? Me parece muy curioso.
Un día, cuando ya no necesite que me den más entrevistas, escribiré un libro. Apoyaste la decisión de España de no acudir a Eurovisión mientras participe Israel. ¿Sigues viéndolo igual?
Sí. Apoyo todo lo que hace España en la política internacional, en la política nacional ya es distinto, pero internacionalmente es un ejemplo para toda Europa y me encantaría que mi primer ministro [Luís Montenegro], que es un capullo que me da vómitos, siguiera mínimamente el ejemplo de Sánchez como antitrumpista y antigenocida. El posicionamiento contra Eurovisión me parece genial. En Portugal, hubo una carta firmada por muchísimos trabajadores de la televisión pública [RTP] pidiendo hacer lo mismo, pero que no salió adelante porque Portugal no tiene los huevos que tiene España en política internacional.

Has dicho antes que gestionaste mal la fama. ¿A qué te referías? ¿Qué pasó?
Una fama enorme e instantánea, como la que yo tuve, es algo inhumano y suma a eso el hecho de que estaba muy enfermo. Lo que más quería en el mundo es que nadie me mirara porque sufría retención de líquidos por mis problemas de corazón y tenía una barriga que parecía embarazado. No quería que me miraran y era la persona más famosa de Portugal en ese momento. Eso es imposible de gestionar y sentía mucha rabia todo el rato. Entonces, a menudo decía las cosas que más chocaban o molestaban a la gente para rechazar su amor. No quería que me quisieran. Es una cosa muy normal en la psicoterapia. Quería que me dejaran solo con mi cuerpo feo. Eso fue lo que pasó. De todos modos, la fama como tal tampoco es una cosa que me guste.
¿Por eso te fuiste de Portugal?
Sí, por eso me fui a vivir a Barcelona, donde no soy famoso. Hay gente que me reconoce de vez en cuando, pero todo bien [risas]. No se parece en nada a vivir en Portugal. Igual hay gente a la que le gusta ser famoso, a mí no, pero necesito gente en mis conciertos. Hay esa dicotomía y tienes que gestionarla. ¿Sabes que me ha incomodado mucho siempre? Que me graben o me hagan fotos cuando estoy comiendo en un restaurante. No quiero que nadie vea un vídeo mío comiendo spaghetti [risas]. Menos mal que ya pasó todo eso y estoy feliz.
Siempre he sostenido que Portugal es España sin crisis nerviosas, pero tu país también está pasando una etapa convulsa.
De hecho, nosotros ya tenemos un gobierno de derechas que está enamorado de la extrema derecha y está tomando muchas medidas junto a ella. Ten en cuenta que, en Portugal, Chega tiene 62 diputados. Vamos a ver qué pasa en las elecciones aquí, que miedito me da porque el PP va a necesitar a Vox. Pero miras a todos lados y es lo mismo. En Alemania, en Francia, en Italia, quizás en Brasil… La política es lo que me tiene completamente deprimido. Los expertos hablan de que son ciclos, que la democracia ya no está de moda y la gente quiere autocracia y un cambio radical. No sé, yo no estoy cansado de la democracia, evidentemente. ¿Tú?
En absoluto.
Me tranquiliza [risas]. Esto me da mucho miedo sobre todo por las generaciones que vienen. Pensar que mi hija pueda vivir bajo un gobierno autócrata me preocupa muchísimo. Es muy curioso porque yo vivo una época de plenitud y felicidad. Estoy en Barcelona, donde siempre quise vivir, mi hija tiene salud, yo también, estoy muy enamorado de mi novia, somos una familia feliz… Pero cuando llego a casa tengo esta obsesión de escuchar las noticias y el análisis político y me vengo abajo. Estoy preocupado con la crisis climática, la crisis de los combustibles, Brasil, Marine Le Pen, la AfD, el genocidio en Gaza… y todo eso junto me deprime. Soy feliz con mi vida e infeliz con el mundo. Estoy emocionalmente partido.
Desde el trasplante de corazón, en 2017, estás hecho un roble.
Curiosamente, me lesioné ayer, pero es un milagro que estuviera tan enfermo y ahora esté jugando todos los días al fútbol. Dejo a la niña en la escuela y allá me voy. Me lesioné porque lo doy todo, ya no me da miedo nada, estoy trasplantado y disputo todos los balones como loco. Soy central, fui al corte, saqué el balón y el delantero, que no sabía que yo venía por detrás, chutó mi pierna como si fuera la pelota. Tengo la espinilla que no puedo ni apoyar [risas].
Claro, en el estado en el que estabas cuando te llegó el éxito, poco sexo, drogas y rock and roll.
Nada. Sexo un poco con mi novia y drogas, lo poco que probé cuando estuve de Erasmus en Mallorca [risas].

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