Cole Tomas Allen, el hombre de 31 años detenido anoche por el Servicio Secreto tras irrumpir por la fuerza en el lobby del Hotel Hilton de Washington, donde se encontraba el presidente Donald Trump junto a la primera dama y la cúpula del Gobierno estadounidense, salió de su residencia en California en tren y llegó a la capital a través de Chicago. Más de 4.400 kilómetros e infinitas horas de trayecto, en vez de un avión directo en menos de 300 minutos, por una razón muy clara: poder llevar consigo una escopeta, una pistola, varios cuchillos y munición suficiente para causar una masacre.
Doce horas después de que los agentes dispararan y redujeran a Allen, que logró introducir su arsenal en el perímetro del lugar en el que se celebraba la cena de gala de la Asociación de Corresponsales de la Casa Blanca, sigue habiendo muchas dudas y preguntas. Sobre los posibles fallos de seguridad, pero también sobre los motivos exactos para explicar sus acciones e intenciones. Dicho eso, esta mañana, el fiscal general interino Todd Blanche, que sustituye temporalmente a la cesada Pam Bondi, ha explicado en televisión que todo apunta a que el detenido «tenía probablemente como objetivo a personas que trabajan en la administración, incluyendo al presidente».
Blanche ha explicado que Allen no está «cooperando» pero que los investigadores habían logrado obtener algo de información de los dispositivos electrónicos del sospechoso, del registro de su casa en California y de «entrevistas con varias personas que lo conocen», lo que empieza a arrojar algo de luz. «Seguimos tratando de esclarecer el móvil. Según nuestra investigación preliminar, parece que el sospechoso tenía como objetivo a miembros de la administración. Aún no tenemos detalles sobre miembros específicos de la administración, salvo que sabemos que ese era su objetivo», ha añadido.
El fiscal general interino también ha confirmado un detalle importante para explicar cómo logró llegar con sus armas tan cerca del presidente y la plana mayor del Ejecutivo: era un huésped del hotel Hilton, lo que le permitió llegar «un día o dos antes» a las instalaciones. Por sorprendente que parezca, el perímetro de seguridad alrededor del lugar donde se celebraba a la cena sólo forzaba a pasar detectores de metales para entrar en el salón de baile donde había cerca de 2.000 invitados. Pero para llegar a la alfombra roja a apenas un metro de distancia de los ministros más importantes, o entrar en las fiestas privadas, bastaba con mostrar una sencilla entrada en papel, o una captura de pantalla de la misma.
De hecho, una testigo a indicado que vio al sospechoso preparar las armas en un cuartito apenas vigilado, antes de echar a correr para llegar a donde estaba el presidente y el vicepresidente. «Fue reducido de inmediato y, sí, logró disparar un par de veces», dijo Blanche, y añadió que el presidente habló con el agente del Servicio Secreto que recibió un disparo en el pecho mientras llevaba un chaleco antibalas y que ya ha sido dado de alta.
Los protocolos de seguridad exigen que en situaciones como la de anoche las agencias federales comprueben los nombres de los alojados en el hotel, pero Allen no tenía antecedentes ni estaba en el radar de nadie, por lo que no disparó ninguna alarma. El subdirector del Servicio Secreto, Matthew Quinn, ha asegurado que el atacante intentaba perpetrar una «tragedia nacional» mientras todas las miradas estaban puestas en la cena de corresponsales de la Casa Blanca.
Las indagaciones del FBI parecen sugerir, tal y como dijo el propio Trump en una rueda de prensa improvisada en la Casa Blanca poco después de ser evacuado, que Allen «trabajó solo». Era un «lobo solitario» y no parte de algo más grande. Y que las armas que tenía encima habían sido compradas, de forma legal, «en los dos o tres años previos», según Blanche.
