Tiene algo de paradoja y de manifiesto que las Tres Chimeneas de Sant Adrià, la antigua central térmica de Endesa que cerró en 2011, sea una de las sedes del Congreso Mundial de Arquitectura que empieza este domingo. Declarada Capital Mundial de la Arquitectura durante 2026 por la UNESCO, Barcelona recibirá a más de 10.000 arquitectos de todo el globo, entre ellos varios premios Pritzker, como el chileno Smiljan Radi, el japonés Shigeru Ban o los franceses Lacaton & Vassal. Y las Tres Chimeneas -que técnicamente pertenecen a la vecina Sant Adrià del Besòs, separada por el río y un nudo de autopistas- se alzan como el símbolo de un congreso centrado en la recuperación urbana, la crisis de vivienda y la emergencia climática.
«Durante casi 40 años, esta central estuvo produciendo electricidad y expulsando grandes cantidades de emisiones de CO2. Ahora es un emblema cultural y la imagen del congreso», reivindica el arquitecto Pau Sarquella, uno de los comisarios de un ambicioso congreso con más de 250 ponentes y de la exposición central Becoming. Architectures for a planet in transition, que se traduciría por Devenir. Arquitecturas para un planeta en transición. Ni catalán ni español: manda el inglés en títulos y carteles.
En las tres plantas y el sótano de las Tres Chimeneas, ocupando casi 4.000 metros cuadrados, se han desplegado 12 instalaciones que son el resultado de investigaciones inéditas para el congreso con temáticas tan diversas como la pérdida de biodiversidad en el Delta del Ebro a causa de las 110 presas que, a lo largo del río, impiden la circulación de sedimentos (un proyecto a cargo de Eva Franch y TAAK) o cómo las ciudades pueden adaptarse al aumento de las temperaturas replanteando la movilidad, las infraestructuras y la vida nocturna (un estudio del Atelier Bow-Wow de Tokio, capital que, cada vez más, se vive a partir del atardecer).
Las paredes de la impresionante sala de turbinas de la antigua central eléctrica se han cubierto de pósters de edificios (sobre todo, viviendas protegidas), parques o espacios urbanos de todo el mundo que ejemplifican la idea del prohibido demolir, como un recinto industrial del XIX a punto de ser destruido en Melle (Bélgica) que el estudio Vylder Vinck Taillieu transformó en un sugerente centro psiquiátrico. En las distintas salas llenas de cicatrices industriales y paredes desconchadas -la planta ha pasado lustros cerrada- se muestran los prototipos de nuevos tipos de materiales, como ladrillos fabricados a partir de algas.
Una de las instalaciones más llamativas es la de Public Pleasure (Placer público), a cargo de Care. + MAIO + Pol Esteve. El espectador despistado verá una sala de bondage con todas esas cadenas suspendidas del techo y lo que se diría arneses y anillas, además de una silla y una camilla de cuero negro: podría ser el interior de Berghain, el club techno de Berlín que cuenta con un laberíntico cuarto oscuro. De hecho, suena música electrónica, cae agua vaporizada y varios ventiladores crean agradables atmósferas. «Los que empezaron a bailar techno en los 80 y 90 ya tienen cierta edad hoy... Así que proponemos un club distinto, accesible y con espacios para descansar el cuerpo», señala Pol Esteve.
En brutal contraste, cuando se baja al sótano el colectivo británico Forensic Architecture ha creado casi literalmente una zona de guerra: una cartografía del genocidio en Gaza a partir de la tierra baldía que dejan las bombas y las pesadas máquinas militares.
Pensada por y para arquitectos -resulta caótica y compleja para el resto-, Becoming se abrirá al público general el próximo 2 de julio, tras el cierre de un congreso internacional que se celebra cada tres años desde 1948, tras el fin de la Segunda Guerra Mundial y con una Europa por reconstruir.
Las últimas ediciones fueron en Copenhague (2023), Rio de Janeiro (2020-21) y Seúl (2017). Barcelona es la única ciudad que lo organiza por segunda vez: en 1996 ya fue la sede de la edición 19ª. Entonces la capital catalana aún surfeaba su ola olímpica con un renovado frente marítimo entre californiano y mediterráneo, que había expulsado las barracas y los chiringuitos cutres para transformarse en una ciudad más sofisticada y cosmopolita, abierta al mar. Algo que se trasladó al popular eslogan Barcelona posa't guapa, una campaña del Ayuntamiento de Pasqual Maragall para la protección y la mejora del paisaje urbano. Tal vez Barcelona se puso demasiado guapa... Tres décadas después, la gentrificación y la falta de vivienda asequible fracturan la ciudad.
«En los 90, Barcelona se abría al mundo y al mar, sirvió de inspiración para otras ciudades. Hoy los grandes retos son el cambio climático y la vivienda. Como arquitectos y urbanistas tenemos que aportar soluciones reales y que aterricen en forma de políticas públicas», reivindica la presidenta del congreso, Marta Vall-llossera. Tras su esplendor olímpico, Barcelona vuelve a buscar un nuevo urbanismo para el futuro.