"No se va a ganar un Mundial por elegir bien el hotel, pero sí se puede perder". Dicen en la delegación de Francia que Didier Deschamps lleva varios torneos repitiendo la misma frase, y quizás por eso, el cuerpo técnico de la selección francesa se obsesionó por terminar primero de su grupo. No se querían mover del Four Seasons de Boston, situado en el centro de la ciudad, ni de los campos, cuidados y cortados al milímetro, de la Universidad de Bentley. La misma rutina, los mismos espacios, las mismas camas y la misma comida durante más de un mes. Así es el cuartel general de Francia en esta Copa del Mundo.
El hotel, situado en Boylston Street, justo enfrente del Public Garden, el corazón verde de Boston, tiene reservadas casi todas sus plantas para la expedición gala y se ha transformado en un centro de alto rendimiento durante estas semanas. Es curioso que la Federación francesa haya preferido el ruido de las principales calles de la urbe antes que un terreno en los bosques de las afueras, pero Deschamps insistió en que "esta generación necesita el centro de la ciudad".
Los jugadores tienen bastante restringidos sus paseos por los alrededores, pero si lo necesitan lo pueden hacer acompañados de un miembro del departamento de seguridad. El hotel cuenta con patios y amplias terrazas y desde las ventanas de todas las suites donde duermen pueden ver los altos edificios de Boston, pero cuando pueden, los jugadores bajan a la calle. Después de ganar a Noruega, los ciudadanos de Boston pudieron ver a Doué, Barcola y Malo Gusto en un restaurante de comida rápida cerca del hotel.
Entrar en la cueva gala es complicado porque la FIFA limita los espacios al público general. La sala principal, en otras ocasiones preparada para todo tipo de banquetes, ha sido convertida en un gimnasio gigante donde los jugadores pasan gran parte del día.
Las habitaciones
A la octava planta la llaman 'la zona de recuperación'. Allí los jugadores encuentran piscinas de agua fría y caliente, cabinas de crioterapia y salas de fisioterapia. Todo acondicionado para que solo salgan del hotel para entrenar sobre el césped o jugar partidos. Las habitaciones son un apartamento, con varias estancias, sofá y un ventanal gigante con vistas al Public Garden. La personalización llega hasta el último detalle: pósters individuales con la foto de cada jugador en cada puerta, camisetas de los Boston Celtics de la NBA, los New England Patriots de la NFL y los Boston Red Sox de la MLB en cada armario, albornoces con el número y las iniciales y una medalla de la ciudad.
Los futbolistas pasan la mayor parte del tiempo en el comedor. Ahí comienza su día, con el desayuno grupal hasta las nueve y media de la mañana. Cada uno tiene su sitio, con Mbappé, Dembélé y Olise en una de las cabeceras, flanqueados por Konaté, Saliba o Upamecano, pesos pesados del vestuario. Tchouaméni y Koundé, rivales en LaLiga, se sientan siempre juntos recordando sus tiempos en el Girondins. La alimentación, obviamente, está cuidada al milímetro gracias al trabajo conjunto de Patrice Martineau, chef del hotel, y Xavier Rousseau, cocinero habitual de 'les bleus'.
'Uno', videojuegos, llamadas...
Terminada la primera comida del día, toca gimnasio o reuniones tácticas y análisis de vídeo que programan el cuerpo técnico con algunos jugadores en diferentes salas. A las 12 y media, vuelta al comedor antes de una pequeña siesta. La tarde está reservada para el césped de la Universidad de Bentley, a una media hora en autobús desde el hotel. Allí entrenan durante un par de horas, aprovechando el silencio que deja el campus cuando los estudiantes terminan el curso. La hierba del campo principal simula al milímetro las condiciones del estadio de Foxboro, donde Francia ha disputado dos partidos.
De ahí, vuelta al hotel, donde reciben masajes y realizan estiramientos. Cenan a las ocho y media y a partir de ahí tienen varias horas de descanso antes de dormir, que aprovechan para llamar a la familia, ver el partido del Mundial que estén emitiendo, enfadarse con el 'Uno', el juego de cartas de moda en la concentración, o echar varias partidas a algún videojuego, generalmente el FC de fútbol.
"Cada uno tiene su rutina y la verdad que tenemos mucho espacio. Salas para jugar a las cartas, televisiones grandes para jugar a la Play Station... Es un excelente campamento base", declaró Lucas Hernández. "Son importantes las vistas a los edificios, nos dan tranquilidad", asegura Tchouaméni.