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La conversión del europeísta Infantino frente a la sibilina estrategia de Mohamed VI en busca de la final del Mundial

La conversión del europeísta Infantino frente a la sibilina estrategia de Mohamed VI en busca de la final del Mundial

Con una ligera inclinación de cabeza, Gianni Infantino saluda a Mohamed VI, cuya mirada es intimidatoria por indescifrable tras sus opulentas gafas oscuras, a lo Gadafi. Es parte de la estética de la dominación: la oscuridad y los silencios. En los años 70 y 80 no había dictador que no las usara. El presidente del fútbol se lleva repetidamente las manos a su corazón. Es una reverencia sutil, no como la que realizan las personalidades marroquíes que acuden a la celebración del Día del Trono, en Tetuán, o las que, llegadas desde las 12 regiones del país, participan en la ceremonia de pleitesía al monarca alauí. Al mismo tiempo que se producen los actos, los días 30 y 31 de julio, a unos 40 kilómetros, miles de súbditos del mismo rey cruzan a la carrera y a nado la frontera y el espigón del Tarajal, en Ceuta, bajo la mirada silente de los agentes marroquíes.

Hay casualidades que mortifican, aunque nada parece casual en Marruecos, ni siquiera la elección del antiguo protectorado español para una ceremonia que se celebra habitualmente en el Palacio Real de Rabat. Tampoco en Infantino, único invitado internacional sin rango diplomático al acto, un europeísta que se sintió traicionado por Europa para llevar a cabo una controvertida conversión en la que no ha necesitado abrazar el Islam. Basta con abrazar a quien se proclama descendiente del Profeta y a quien cree ser Dios, estratégicamente conectados en el tablero internacional. Esto no va de fe, ni siquiera de fútbol. Es poder y dinero. La reverencia dulcifica la verdadera genuflexión ante el eje que forman Donald Trump y Mohamed VI, la genuflexión que avergüenza al fútbol.

Desengaño mutuo con los suyos

Si había un personaje en ese fútbol que representara el europeísmo era Infantino, por las convicciones, las formas y las actuaciones. Hijo de emigrantes italianos en Suiza, políglota, su carrera en la UEFA hasta el puesto de secretario general estuvo marcada por el trabajo en esa dirección. Impulsó las relaciones del organismo con la UE y el Consejo de Europa, amplió la Eurocopa a 24 equipos, creó las normas de Fair Play Financiero, puso el germen de la Liga de Naciones e ideó, bajo la presidencia de Michel Platini, la Eurocopa 2020 que debía disputarse de forma itinerante en varios países como homenaje a una Europa unida. La pandemia la retrasó a 2021 y la deslució. Ese hombre es, 10 años después, el gran enemigo del fútbol europeo, que pide su marcha de la FIFA, y al que ya no le queda ni la abstención de la federación de su propio país, Suiza. El desengaño es, hoy, mutuo.

Infantino heredó el legado contaminado de la antigua FIFA, los Mundiales de Rusia 2018 y Qatar 2022. Pese a las evidencias de corrupción en sus concesiones, jamás se planteó revocarlos. El primero lo pasó con sonrisa de póker junto a Vladimir Putin, todavía sin la invasión de Ucrania en el horizonte. Antes del segundo, se trasladó a vivir a Doha, aunque mantuvo su residencia fiscal en Suiza. Casado con una libanesa, su familia pasó temporadas en el país de su esposa.

Su intención era supervisar de cerca la organización del Mundial y negociar concesiones con las autoridades locales, pero no pudo evitar que las críticas por la vulneración de derechos humanos y la explotación en las obras de los estadios se convirtieran en un tsunami en la prensa occidental. Sintió el presidente de la FIFA que sus esfuerzos diplomáticos no eran reconocidos, y lo hizo con el dolor de comprobar que los ataques provenían de los suyos. El punto de inflexión llegó ante el dilema de aprobar o no el brazalete LGTBI en el Mundial. Desde su entorno en la FIFA le decían que lo hiciera, algo que no habrían vetado las autoridades qataríes. Pero el diplomático Infantino ya no era el mismo. Dolido y enojado, estalló: «¡Soy gay, soy árabe, soy inmigrante!» Europa, su Europa, era historia.

'Un Nobel de chocolate'

Con el Mundial de Clubes, su nuevo proyecto, y el absoluto ampliado a 48 selecciones, en Estados Unidos, Canadá y México, empezaba realmente su obra, algo que le obligaba a un acercamiento a Trump. La maniobra desembocó en un entreguismo ridículo, con la concesión del Premio de la Paz de la FIFA, un Nobel de chocolate. De lo grotesco pasó a lo grave, ya durante el torneo, con la anulación de la tarjeta roja al estadounidense Balogun. Después llegó el intento de privatizar parte del Mundial, con el hermano del yerno de Trump como socio, o el alquiler de unas oficinas de paja para la FIFA en la Torre Trump. El Mundial, su Mundial, fue un éxito económico, con cifras de récord, que le va a permitir regar a las federaciones nacionales, pero la unidad de medida del presidente del fútbol no es el dinero, es la ética. O debería serlo.

La alianza con Trump ha sido muy rentable económicamente, aunque peligrosa para mantener los necesarios apoyos internacionales, y más ante la reelección que Infantino debe afrontar el próximo marzo. Con Europa en contra, necesitaba a África a través de un interlocutor poderoso y estratégico, y en buena sintonía con Trump. Mohamed VI era, pues, el personaje clave.

El puente a África

«Marruecos tiene una política exterior muy inteligente. Es el gran aliado de EEUU en la zona, pero a la vez ha reconstruido su relación con los países africanos, a los que ha propuesto el proyecto de una gran carretera intercontinental que les dé salida al Atlántico, desde su retorno a la Unión Africana en 2017», explica a este periódico Ignacio Álvarez-Ossorio, catedrático de Estudios Árabes en la Universidad Complutense.

"Posee una diplomacia muy eficaz, del mismo modo que unos servicios de inteligencia. Diversifica sus relaciones sin coste. Desde los Acuerdos de Abraham, auspiciados por la administración Trump, no sólo tiene relaciones con Israel, sino que comparte proyectos en seguridad e inteligencia o fabricación de drones. Eso no ha impedido sus buenas relaciones con Arabia, Emiratos y mantiene excelentes lazos con China", añade Álvarez-Ossorio, para el que "el Mundial 2030 es una oportunidad de utilizar el soft power y proyectar la imagen de un país moderno y seguro que atraiga más turismo e inversiones".

Entrada en la candidatura 2030

La entrada de Marruecos en la candidatura 2030, auspiciada por el propio Infantino, fue parte de la estrategia de alianzas. La corona alauí no es únicamente una puerta hacia la influencia en África. Según algunos consultores próximos a las candidaturas, habría trasladado a la monarquía saudí el pacto de posponer sus deseos de organizar un Mundial hasta 2034 y de esa forma tenerlo garantizado, como finalmente sucedió. Infantino comunicó a la vez los organizadores de 2030 y 2034. La incógnita es si toda esa influencia coloca a Marruecos por delante de España para organizar la final.

"El ruido generado en relación con la final no es una cuestión deportiva, ni siquiera económica. Se trata por encima de todo de convertirse en un actor internacional al nivel de España o, incluso, más relevante en la actual situación geoestratégica de Marruecos. Y, hasta el momento, tanto por su relación privilegiada con EEUU, como por la sintonía con FIFA, puede estar por delante en la carrera", afirma Javier Sobrino, autor de Diplomacia Deportiva (Andavira) y consultor de diversos organismos internacionales. "Marruecos -añade- utiliza el deporte como lo han hecho ya otros países árabes. Por un lado, como organizador de eventos; por otro, a través del desarrollo y captación de talento deportivo, como puede observarse en su selección de fútbol, cuya mayoría de integrantes han nacido fuera del país".

Reelección en Rabat

Sobrino alerta de que "la próxima elección a presidente de la FIFA será en Rabat, en marzo". Una situación muy suspicaz, justo en un momento en el que Infantino, a sus 56 años, necesita los votos africanos para ser reelegido. El Congreso se celebrará, además, en la sede de la FIFA para África que el dirigente aceptó instalar en Rabat, y en la que ya reunió a las federaciones nacionales el pasado verano para pedir perdón por su fallido proyecto de privatización.

Si esos movimientos acercan o no la final del Mundial 2030 a Casablanca, donde se edifica el gigantesco estadio Hassan II y la alejan de Madrid o Barcelona, sólo lo saben en el entorno del triángulo Infantino-Mohamed VI-Trump. La diplomacia marroquí lo da por hecho entre sonrisas y silencios mientras en España hay quienes creen que sería para renunciar al Mundial, con elecciones por delante, una Federación, hoy, débil en el dirigismo internacional y sin más influencia que la del juego de Rodri y Lamine Yamal. Este es otro juego.


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