Tal vez uno no comulgue (nunca mejor dicho) con la puesta en escena de la última visita del papa León XIV a Madrid, ni un estadio de fútbol sea el mejor terreno de juego para la exhibición espiritual, ni, a los escépticos como yo, nos emocione escuchar la escalada tonal (in crescendo) de David Bustamante y su tupé infinito, apuntalado por encima de nuestras cabezas. Existe otra dimensión más allá de estas realidades cosméticas: las personas anhelamos creer en algo, en lo que sea. Necesitamos la fe para habitar la incertidumbre, porque no tenemos, por desgracia, una garantía última de sentido.
La religión ha disfrutado el poder hegemónico de ser el soporte preferido por la mayoría, hasta que el siglo XX multiplicó las alternativas, desplegando un catálogo de opciones paganas al gusto del usuario, compitiendo con la Iglesia y demás versiones del asunto: new age, rock, astrología, bailes de salón... Cambiaron los objetos, pero el deseo nunca ha desfallecido; al fin y al cabo, todos proyectamos algún horizonte de significado para soportar el sufrimiento y la finitud. Es difícil enfrentarse al silencio como única respuesta.
El desafío contemporáneo que nos toca no consiste únicamente en encontrar algo en lo que creer, sino también en conservar intacta esa incandescencia. Subsistimos a duras penas en un presente cada vez más deslocalizado, con la mirada dispersa y la permanencia convertida directamente en un mirlo blanco. Y, sin embargo, la pulsión persiste. La fe es más fuerte que tú y que yo, también que el capitalismo. Pero cuidado, debe sobrevivir dentro de él, y eso no es nada fácil; es mucho más hábil detectando grietas y ofreciendo soluciones rápidas de emergencia.
Pese a todo, ahí están: la fe y la palabra. Quebradas pero inextinguibles. Alimentándose la una de la otra, a lo largo del tiempo, con la capacidad para mantenerse, cuando todo lo que nos rodea invita al ruido continuo. Y esto no es únicamente una cuestión espiritual, el cerebro parece funcionar así: la repetición fortalece los circuitos de la fe y la oración, reproducida una y otra vez, confirma el propósito y endurece como pegamento la creencia que hemos decidido abrazar. La cuestión decisiva no es si la tenemos, sino que gran parte de lo que creemos, nace de una premisa errónea. Si acaso sabemos distinguir entre aquello que pensamos haber elegido y aquello que elegimos para no enfrentarnos a otra cosa, como quien escoge el novio correcto o el aguacate en su punto justo, y a qué manos se la acabamos entregando.