Cultura

Las pioneras del fútbol femenino que le metieron un gol al franquismo: "La dictadura quería mujeres sumisas y ellas fueron auténticas gladiadoras"

Las pioneras del fútbol femenino que le metieron un gol al franquismo: "La dictadura quería mujeres sumisas y ellas fueron auténticas gladiadoras"

La historia oficial coloca en los alrededores de 1970 el principio del final de la dictadura franquista. Fue el año en el que las protestas internacionales dejaron en evidencia al régimen por el juicio sumarísimo en Burgos contra 16 militantes de ETA. Fue el año de la huelga de la construcción en Madrid. Fue el año de los primeros acuerdos con la entonces Comunidad Económica Europea. Fue el año en la que la palabra búnker, como sinónimo de la postura inmovilista de los recalcitrantes, se hizo popular al enseñar las primeras grietas. Fue el año que el Atlético de Madrid de Marcel Domingo se proclamó campeón de Liga. Y fue el año en el que por primera vez dos equipos de fútbol compuestos íntegramente por mujeres se enfrentaron en el muy oficial escenario de un partido debidamente oficioso. Es decir, con árbitro, entradas a la venta y crónica deportiva de rigor... pero sin reconocimiento de federación alguna. Pura iniciativa privada. «Lo primero que me llamó la atención al ver las imágenes de aquello fue la dureza. Se ven a las jugadoras con las rodillas peladas, entre barro (había caído aguanieve por la mañana) y peleando cada balón como si fuera el último... No sé muy bien lo que tenía en mente, pero lo que descubrí fue a auténticas gladiadoras a brazo partido contra todo y contra el mismo barro», recuerda la directora Marta Díaz de Lope Díaz por aquello de colocar el origen de Pioneras: Solo querían jugar, la película en cartelera que se sirve de este partido histórico y hasta ahora casi olvidado para retratarlo todo, o casi, contra lo que aquellas 22 mujeres lucharon, que era esencialmente barro y muy espeso.

Un martes 8 de diciembre, se vieron las caras el Sizam (luego Madrid Cultural) y Mercacredit en el campo de Boetticher, en el barrio madrileño de Villaverde. Eran equipos si se quiere ficticios: todas las que jugaban repartidas en dos. En el graderío, cerca de 8.000 espectadores. Cada uno de ellos había pagado 25 pesetas. Una de las allí presentes era María Ángeles Pérez. Entonces contaba con apenas 15 años. «Recuerdo que leí la noticia en el periódico y no me lo podría creer. Fui a verlo superilusionada. Llevaba jugando al fútbol desde los ocho años y para mí era un acontecimiento. Me llevó casi dos horas llegar a Villaverde desde la calle López de Hoyos donde vivía, pero no me lo podía perder bajo ninguna circunstancia. Nada más acabar el partido, me fui corriendo al banquillo para decirle al responsable que yo quería jugar también. Me citaron para el próximo entrenamiento en la Casa de Campo y allí que fui», dice. La que habla responde, en verdad, al nombre de Quilla y ver a Sánchez Freire, más conocida como Conchi Amancio (Sofía de Iznájar en la película), marcar cinco goles la convirtió definitivamente también a ella en una de las pioneras. Para el siguiente partido, ya verdaderamente oficial, que enfrentaría a España contra Portugal en la Condomina de Murcia, Quilla ya era la mediocentro de referencia.

Todo lo anterior lo cuenta con detalle, gusto y un sentido del humor ligeramente agrio la cinta de Marta Díaz. Cuenta que el partido acabó 5-1; cuenta que al ideador de todo esto -Rafael Muga encarnado en la pantalla por Daniel Ibáñez- se lo llevó la benemérita tras el pitido final («Fue más que nada curiosidad, por saber cómo me había atrevido a semejante cosa», comentaría después); cuenta que la gente recibió la idea primero con curiosidad, luego con algún conato de asombro transformado puntualmente en simple grosería, y, finalmente, con inusitado regocijo. El fútbol es lo que tiene, da lo mismo cómo, cuándo y dónde se juegue, siempre acaba en alboroto. Pero lo que de verdad cuenta la película sucede a unos metros del campo de juego en el interior de una España tan lejana y, sin embargo, justo aquí al lado. «Lo más sorprendente de todo», reconoce la directora, «es lo próximo que está todo. Parece que hablamos de algo que pudo pasarle a nuestras bisabuelas por lo surrealista que resulta todo y para nada. Hablamos de nuestras madres. Y si miramos de cerca las actitudes contrarias, son muy parecidas a las de ahora. Han cambiado las cosas para bien, pero falta aún mucho». A su lado, Quilla le da la razón. Se la da al recordar que ella y tantas como ella tuvieron que apoyar a las que poco después fueron campeonas del mundo cuando la Federación de Fútbol no parecía dispuesta a tratarlas con la profesionalidad debida y se la da con su simple presencia ahora que tiene 70 años.

En la película, se recuerda (y se ve) que la llamada Sección Femenina dictaminaba a través de un servicio social lo que tenía que ser la mujer, que, básicamente, era ama de casa, esposa y madre por encima de cualquier otro deseo o aspiración. Y eso incluía la censura de cualquier atisbo de veleidad deportiva y mucho más si se trataba del deporte de los hombres por definición. La imagen de la virgen peregrinando de casa en casa es otro de los detalles que van marcando el ritmo de una película obsesionada precisamente por cada uno de los gestos nimios que dibujan el perfil exacto de un abismo llamado franquismo. La virtud de la película precisamente es la de confeccionarse desde cada uno de los personajes, que no desde la proclama; desde cada uno de los sentimientos, pequeños dolores y ambiciones de unas jugadoras decididas a ser lo que quieren ser. Es decir, no buscan ser héroes, aspiran a ser simplemente ellas mismas y eso precisamente las hace héroes. «Cuando empecé a jugar y me convertí en una de las llamadas pioneras, no tenía conciencia de hacer nada particular, histórico o como quiera llamarse. Simplemente hacía lo que siempre me había gustado hacer sin importarme que de vez en cuando nos insultaran con el típico "Vete a fregar". Hacíamos lo que queríamos hacer», insiste Quilla y en sus palabras, ahora sí, suena un auténtico manifiesto.

Marta Díaz dice sentirse espeluznada cuando las encuestas reflejan cierta nostalgia en cierta juventud por aquel tiempo. «Se me pone la piel de gallina cuando escuchas o lees ciertos comentarios. Con lo sencillo que es mirar un poco atrás para cobrar consciencia de lo terrible que fue aquello. Para las mujeres fue un tiempo de sufrimiento, limitaciones, carencias y ausencia de derechos. Sentir algún tipo de afecto por eso es simplemente ignorancia», dice. Quilla, que reconoce ser la única de siete hermanos (cinco chicas y dos chicos) que desarrolló afición por el fútbol en una familia para nada furbolera, prefiere no acordarse de los insultos y los escarnios. «Claro que los había, pero los sigue habiendo. En mi caso, como en el de todas mis compañeras, siempre pudo más la pasión», afirma. «Ahora», sigue la directora, «todo el mundo aprecia a las mujeres que juegan al fútbol y, además, ganan. Pero la condescendencia sigue ahí, el machismo no ha desaparecido». Y sigue: «A mí también me gustaba el fútbol y crecí en los 90, que no en los 70 como ellas. Y lo que escuchabas era igual de terrible. De hecho, lo dejé por el baloncesto un poco por ese acoso. Quiero pensar que la película ha servido para restañar esa vieja herida».

Lo que queda es una película por la que se ve la España de entonces que en tantas cosas se parece a la de ahora a través de un simple partido de fútbol. La historia de 22 mujeres de barro. «La dictadura quería mujeres sumisas y ellas fueron auténticas gladiadoras», dice Marta y Quilla asiente.


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