Dos películas de presupuesto ínfimo están arrasando en la cartelera mundial. Backrooms, de Kane Parsons, tiene menos de 10 millones dólares de presupuesto. Puede parecer una cifra holgada (con eso en España se hacen unas cuantas pelis), pero en EE.UU. y con actores de primer orden (tras Valor Sentimental, Renate Reinsve es una de las actrices del momento) es poquísima pasta.Obsession, de Curry Barker, ha costado una fracción de eso: 750.000 dólares. Cada una ha recaudado ya más de 300 millones en taquilla. Sus autores vienen de YouTube y tienen unas edades que a mí me resultan insultantes, por bajas: Barker 26 años y Curry 21. No es que yo pudiera ser su padre, es que podría y socialmente no chirriaría.
Mientras Backrooms y Obsession asaltan los cines de medio mundo, Filmin se dispone a estrenar, este 3 de julio, MegaDoc, el documental que Mike Figgis hizo sobre el caótico proceso de creación de la Megalópolis de Francis Ford Coppola. Los números de esa película son también apabullantes: más de 130 millones de dólares de coste contra apenas 14 de recaudación. Un proyecto demencial y que no podríamos calificar de "gafado" porque cuántas veces y de cuántas personas habrá escuchado Coppola que su película sería una ruina. Y así fue. Megalópolis es una desproporcionada hoguera de quemar dinero, una obra en la que todos los planos aspiran a ser memorables (y muchos lo son) y una película con una extraña obsesión por el color amarillo. Que, como todos sabemos, es el de la buena suerte.
Pero yo prefiero vivir en un mundo en el que Megalópolis existe que en uno en el que no. Sobre todo si esa inexistencia se debe a que alguien, pongamos un tal Francis Ford, se plegó a las exigencias de banqueros, contables y señores de traje gris. Prefiero que el arte sea una máquina de perder pasta y generar belleza. Porque en menos años de lo que parece esa pasta se habrá recuperado por otro sitio y, en cambio, la belleza, aunque sea grotesca (y la de Megalópolis lo es), seguirá ahí, intacta y perfecta. Las debacles económicas de Corazonada, dirigida también por Coppola, o La puerta del cielo forman ahora parte de la mística de esas dos maravillosas películas. Quién se acuerda ahora de sus deudas. La parada de los monstruos de Todd Browning tampoco fue un buen negocio. Ni El proyecto de la bruja de Blair una buena película.
Aquella cosa costó menos todavía que Obsession y también recaudó cientos de millones. Eso la puso en la historia del cine como negocio, pero no como arte.
Para tener capacidad de supervivencia, el cine tiene que ser las dos cosas. Igual que, a efectos, el éxito comercial de El Padrino pudo financiar el fracaso de Megalópolis, ojalá los dividendos de Backrooms y Obsession permitan a sus autores convertirse en artistas locos que hagan avanzar el cine. Y, en consecuencia, también el mundo. Como hizo Francis Ford Coppola.