Cultura

Ser Dover o ser La Oreja de Van Gogh, esa es la cuestión

Ser Dover o ser La Oreja de Van Gogh, esa es la cuestión

Me dejé mi beef con Iñako Díaz-Guerra sobre la Oreja de Van Gogh para los conciertos que dieran en Madrid, también porque quería dejar pasar un poco de tiempo al hate desmesurado que recibió Amaia Montero y poder escribir algo con la perspectiva de los días. Y después de todo lo que ha quedado es la realidad, guste o no: que Amaia ha conectado con su público igual que Bad Bunny.

No sé si lo de La Oreja de Van Gogh es nostalgia, pero desde luego no es postureo, a veces lo único que ocurre es que llegaste tarde a algo que te hubiera gustado poder ver o vivir en su momento.

Yo, por ejemplo, iría a un concierto de Britney Spears o daría lo que fuera porque Michael Jackson, Amy Winehouse o los Beatles revivieran. Ni idea de cómo sería la calidad de esos conciertos, pero no dudo de que serían inolvidables. Todos ellos murieron, se retiraron o no pisaron España antes de que yo pudiera verlos.

Estoy contra el elitismo y el puritanismo que rodea los conciertos, también estoy en contra de que todos tengan que ser macroeventos, con lo digno que es tocar con tu banda y nada más. No entiendo para qué tanta estética, para qué tanta parafernalia, si el artista sin más ya es maravilloso. Y soy de las que creen que lo que se debe esperar de un grupo es un discazo de estudio, claro, pero también de las que creen que un concierto es otra cosa, es la imperfección, que como decía el poeta Bonnefoy, es la cima. Yo quiero la conexión, la presencia y si puede ser tener alguna experiencia mística, que nunca te darán tres notas perfectamente tocadas.

Jack Halberstam cuenta en El arte queer del fracaso cómo fracasar y fallar nos enfrentan a las lógicas hegemónicas del poder y cómo el éxito está pensado como máxima aspiración capitalista. A mí fallar y cagarla, por decirlo de otra manera, hoy en día me parece una cosa tremendamente punk.

Hace poco escuchaba a Amparo Llanos, la guitarrista de Dover, en una entrevista en Al cielo con ella, contar que habían rechazado una oferta millonaria para dar un concierto que volviera a reunir a Dover. Me dio pena, me hubiera gustado verlas, pero lo entendí. Como también entiendo la vuelta de Oasis, las giras de los Rollings o de Patti Smith (que en el último concierto se olvidó de sus canciones y fue maravilloso).

Me parece igual de decente no querer volver a dar un concierto nunca más, que darlo y llegar hasta donde se pueda. Si al final el arte va de emocionar al resto, qué más dan las notas que se desafinen para conseguirlo.

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