Nueva York recibió con algo de lluvia y mucho bochorno a la selección española, que después de disfrutar de la noche en Dallas celebrando, sin estridencias, el soberano baile a Francia en las semifinales del Mundial, se reunió de nuevo el miércoles para comer, ver el partido de Argentina y, a media tarde, coger un vuelo hasta la ciudad más icónica del mundo. Sin embargo, el equipo se ha alejado de Manhattan y todo lo que eso supone para recogerse y estar tranquilos en un hotel de New Jersey, de las afueras realmente de New Jersey, 30 kilómetros al oeste de Times Square.
No le ha quedado otra al equipo de Luis de la Fuente, pues FIFA le asignó como campo de entrenamiento para estos días el Melanie Lane Training Ground, que está más lejos todavía, a 50 kilómetros de los rascacielos. Las familias, claro, están, ellas sí, en Manhattan, pues desde ayer por la noche, todos los focos del equipo están en la final del domingo contra Argentina, un partido realmente simbólico después de lo que pasó en marzo con la famosa Finalissima. Y, dentro del equipo, pese a los mensajes, reales, de que ha sido el colectivo el que ha llegado a la final y ha de ser el colectivo el que remate la heroicidad, todos los ojos se posan, queriendo o sin querer, en él.
A Lamine Yamal le falta su gran día. Todos en la expedición están seguros de que ese día va a llegar. «Yo no tengo ninguna duda, y ahora ya sólo queda uno», refrendaba sus palabras del día anterior Luis de la Fuente, justo después de acabar el partido contra Francia. En la expedición están convencidos de que el chico más joven en debutar con la selección (16 años y 57 días, septiembre de 2023 en Georgia, con gol), el chaval cuyo rostro pícaro inundaba al anochecer del miércoles las pantallas de Times Square (donde ya bailaban y cantaban cientos de argentinos), la estrella que ya es pese a sus 19 años recién cumplidos ha de dar un pisotón a su paso por la Copa del Mundo.
Sobre su figura se ha hablado y escrito casi todo. Se le ha mirado con lupa desde que arrancó el torneo, al que llegó terminando de recuperarse de una lesión muscular. No estaba previsto que jugara ningún minuto en el primer partido, pero el muro de Cabo Verde sacó el lado más humano del seleccionador: si tengo al bueno para un ratito, pues le pongo, debió pensar. Le puso y alborotó un poco el corral, pero el empate se quedó ahí y las dudas sobre su físico también.
Su irrupción estelar, la única hasta la fecha, fue contra Arabia, en el segundo partido. Marcó un gol, el primero del partido, y despachó al rival en media hora estupenda. Jugó solamente la primera parte. De ahí en adelante (Uruguay, Austria, Portugal y Bélgica) ha ido acumulando altos y bajos. El cuerpo técnico no duda de él, entre otras cosas porque es el jugador diferente de este equipo. «Nunca hemos tenido un jugador así en España, desequilibrante, regateador... O que te puede meter un último pase. Es diferencial. Los rivales se arman a partir de cómo intentan defenderle», explican desde el staff de De la Fuente.
Sus compañeros también saben de ese material diferente que tienen en el vestuario. Por eso nadie le echa en cara su seriedad después del partido de dieciseisavos contra Austria, donde el equipo, al fin, se pareció a sí mismo y desplegó un buen fútbol obteniendo una buena victoria. Pero como él no había marcado, «estaba cruzado, sí, pero este tipo de jugador siempre es así», explica un compañero, que le compara con el carácter de Cristiano, Messi, etc... Son tipos que, sobre todo cuando son así de jóvenes, se alegran por el triunfo colectivo, sí, pero...
En la celebración del martes, todavía en el vestuario de Dallas, otro compañero, que tiene mucha ascendencia sobre él, le dijo: «Hemos llegado hasta aquí, ahora te toca a ti, chaval», y le cogió la cabeza a modo de coctelera. No estando bien, porque no está en su mejor nivel, ni siquiera un escalón por debajo de su mejor nivel, Lamine sigue siendo el jugador que más regates ha hecho en el torneo. En total son 25 con los cuatro que hizo en el partido contra Francia, precisamente la noche en la que el equipo menos le buscó. El juego se volcó por la izquierda para intentar dejar siempre uno contra uno de Lamine contra Digne, pero no hizo falta. España progresó bien por el otro costado y las apariciones de Lamine fueron menos trascendentes.
Eso sí, provocó el penalti, hizo una jugada estupenda con Olmo en la primera parte que no fue gol de Fabián de milagro y metió un gol, ese sí era suyo, con todo el brillo del que es capaz, aunque medio costado en fuera de juego impidió que subiera al marcador. Con 51.455 kilómetros recorridos en lo que va de torneo (el séptimo que más corre en la selección), siendo el futbolista español que más faltas comete (12, ni más ni menos), lo que habla de su compromiso en defensa, pone el foco hoy en la final después de un Mundial donde le han acompañado desde el principio, cómo no, su hermano y su madre, pero también dos de sus mejores amigos, la persona que le ayuda a relacionarse con los medios de comunicación y una fotógrafa acreditada al torneo sólo para seguirle en cada partido.
Reparte su tiempo entre todos ellos, como en Chattanooga, en el primer día libre, que en una furgoneta de lujo marcharon a Nahsville a comer en un centro comercial sin que nadie les prestase atención.