Cultura

Fernando Franco, sobre los abusos sexuales en la Iglesia: "El enemigo de la verdad no es la mentira, sino el silencio, el encubrimiento"

Fernando Franco, sobre los abusos sexuales en la Iglesia: "El enemigo de la verdad no es la mentira, sino el silencio, el encubrimiento"

Nada tan problemático, tan moralmente inestable, como la mirada del monstruo. Contaba no hace tanto Guillermo del Toro, experto en criaturas sin forma, que el auténtico reto y hasta vértigo al que se enfrenta el monstruo es el mismo que el de la mirada. Y por ello, sin duda, su aparición recurrente en el cine, un oficio de miradas. El acto más auténtico de amor (u odio) posible, decía, es el de ver (o apartar la mirada); el de hacer visible a una persona. Sólo la mirada otorga la virtud del sentido. Y hasta de la existencia. Apurando, mirar es antes que nada un acto político. Cuando niegas a alguien por sus maldades o por la culpa que arrastra la vergüenza de sus acciones, evitas mirarle, apartas de él la posibilidad siquiera de ser. Pero a un monstruo es imposible no verlo. Un monstruo se presenta ante nosotros tal y como es en toda su crudeza, en cada una de las rugosidades que le definen como esencialmente diferente. Y, por ello, monstruoso. De otro modo, un monstruo apela al significado profundo de la propia mirada. Hasta su más absoluta, cruda y brutal desnudez.

La luz, la última película de Fernando Franco, es esencialmente la historia de un monstruo. Alberto San Juan, su protagonista, da vida a un sacerdote que tiempo atrás abusó de varios de sus alumnos. Cuando decida apartarse definitivamente del mundo e iniciar una nueva vida fuera de la institución que le encubrió, el pasado, ese pasado por fuerza monstruoso, volverá a él y, lo peor, volverá a sus víctimas. "Quiero creer que la película habla sobre la culpa y el perdón. Lo que intento no es nada más que proyectar hacia el espectador la cuestión de hasta qué punto es capaz o no de perdonar. Y hacerlo sin relativizar en ningún caso el daño causado. Pero, y esto es lo más importante, sin perder de vista que el único con la capacidad real de perdonar es la víctima", dice Fernando Franco por aquello de situar el marco, digamos, moral de su película.

No es la primera vez que Franco se atreve a dar el paso de mirar de frente al monstruo. Y hasta a darle voz y, un paso más allá, mirarle a los ojos. Su cine, desde La herida a Subsuelo pasando por Morir y La consagración de la primavera vive y se nutre de la verdad servida en crudo. Por muy incómoda que resulte. Cuesta digerirla, pero alimenta más. "Siempre he intentado discernir en todo mi cine entre empatía y simpatía. Un personaje puede resultar tremendamente antipático y, sin embargo, ser capaz de generar empatía por todo lo que le sucede por dentro. Un sentimiento y otro no van de la mano. En el caso de esta película. me resultaba interesante investigar los procesos de empatía hacia un personaje repulsivo, pero que, a la vez, abusó de sus víctimas por ejercer su poder hacia ellas desde un lugar muy cercano a la empatía precisamente", comenta tan consciente de la contradicción como del mismo peligro.

De hecho, La luz vive desde el principio al final entregada a la lúcida provocación de lo inestable. "Se replica el camino de la propia moral católica. Hay un primer momento para la atrición, es decir, para el arrepentimiento de manera instrumental por haber pecado, pero motivado por el miedo al castigo divino o al infierno o a la denuncia penal. Y otro momento para la contrición, que es la petición de perdón desde la verdad, desde el amor, desde la sinceridad...", comenta. Y sigue: "El problema es que la Iglesia como institución nunca ha gestionado los abusos desde la verdad, siempre lo ha hecho desde encubrimiento, que es el antónimo de la verdad. Hay una frase en la película, que en verdad es de Luther King, que lo resume todo: El enemigo de la verdad no es la mentira, sino el silencio". Pausa. "Y eso conlleva un problema aún más grave. Cuando la jerarquía coloca un muro de contención a la verdad y decide esconderlo todo, lo único que consigue es una revictimización de las propias víctimas. En el momento en el que no admites la verdad, en el momento en el que relativizas el daño que se está haciendo llevando a otro lugar al sacerdote abusador, le estás quitando valor al daño irreparable causado". Queda claro.

La película, sea por marketing, por casualidad o por designio no tan divino, llega a las carteleras a la vez que el papa León XIV llega a España, corta el tráfico en el centro de Madrid y, de paso, bloquea el acceso a los cines. "Es incomprensible que un papa como éste, que ha demostrado su compromiso y que ha dado tantas muestras de preocupación por los problemas reales, no se reúna con las víctimas o que aún no esté claro si lo va a hacer o no", comenta Franco, un director que se confiesa ateo, pero crecido y educado (12 años con los jesuitas) en un ambiente católico. "Pese a todo, me identifico con esa iglesia que lucha por la justicia social. Tengo la impresión de que la Iglesia, como la propia sociedad, vive un proceso de polarización con estamentos cada vez más conservadores al lado de esfuerzos reales por acercarse a la sociedad. Por otro lado, ves cómo hay una voluntad real de modernizarse, pero solo en el envoltorio con Tik-Tok y las redes sociales. Pero en el fondo, sigue siendo muy conservadora", añade a modo de diagnóstico tras dar fe de todas las entrevistas realizadas en todos los estamentos de la institución, víctimas de abuso incluidas, como paso previo a la escritura del guion.

La luz no es tanto un intento de iluminar nada como de removerlo todo. "La pregunta es siempre la misma. Soy o no capaz de perdonar a una persona que ha cometido esas atrocidades. ¿Es acaso la reinserción posible? No se trata de ofrecer respuestas, sino de llegar a lo más hondo posible de las preguntas", dice el director. El protagonista, sin ánimo de reventar nada, acabará por enfrentarse a todos y confesar. Más preguntas. ¿Lo hace por verdadero a arrepentimiento o narcisismo? ¿Es quizá esa la solución a todo esto? "Él da un paso que hasta ahora y tristemente no ha dado nadie. La película es pura ficción. Pero por otro lado, si el paso que da el protagonista solo lo da una persona, tampoco es solución", dice. Y así. Definitivamente, nada tan incómodo como mirar de frente al monstruo.


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