En este Roland Garros, Jannik Sinner,Aryna Sabalenka o Coco Gauff han limitado sus ruedas de prensa a 15 minutos y se han negado a participar en los actos de redes sociales del torneo. Es una revolución. ¡Una revolución! Una revolución un poco extraña, sí, pero una revolución. Días antes del inicio del Grand Slam, los tenistas acordaron una protesta conjunta contra el reparto económico y, aunque las primeras medidas aprobadas fueron muy tímidas, en el horizonte aparece la opción de un boicot que pare la actividad en las pistas. No será este año en París, pero podría ser en cualquier grande en las próximas temporadas. Argumentos les sobran.
El tenis es un deporte peculiar en lo económico. El campeón y la campeona de Roland Garros cobrarán 2,8 millones de euros este año y con esa cifra es difícil comprender las quejas. ¿Qué más quieren? Pues quieren lo suyo. Más allá de lo rimbombante de los premios, el reparto es muy desequilibrado. En esta edición, los jugadores recibirán 61,7 millones de euros y el torneo ingresará más de 400 millones, por lo que no llegarán ni al 15% del botín. Si los tenistas se llevasen el 22% que piden -una cifra que ya alcanzan los Masters 1000 y los WTA 1000-, les tocarían 30 millones de euros más al año. Y aun así sería poco.
Los tenistas no cobran un sueldo, no tienen contrato con los Grand Slams o la ATP y tampoco tienen cubiertos los gastos. Son autónomos que compiten por el prize money y soportan de su bolsillo los viajes, hoteles y equipo, sin olvidar que todas las cifras que se anuncian son en bruto. Los 2,8 millones del campeón dan para mucho. Pero para el resto, la aritmética es distinta. Quien pierde en primera ronda cobra 78.000 euros, de los que hay que descontar impuestos y costes y quien cae en la ronda clasificatoria, antes de llegar siquiera al cuadro principal, apenas recibe 21.000 euros. Para los jugadores fuera del top 100 del ranking ATP, el tenis puede ser insostenible. Según algunas estimaciones, solo el 15% de los tenistas profesionales gana lo suficiente para que su carrera sea viable.
Menos que otros deportistas
Además, la comparación con otros deportes es demoledora. En el fútbol europeo, los jugadores han conseguido ingresar entre el 50% y el 70% de lo que generan sus clubes gracias a la negociación individual: si no me pagan lo que quiero, me voy a otro equipo. En el deporte estadounidense, los convenios colectivos de la NBA o la NFL también rondan el 50% después de décadas de lucha sindical y alguna huelga. Y en el tenis no existe ni una cosa ni la otra. Quienes se baten entre ellos en la pista son incapaces de ponerse de acuerdo fuera de ella, y así su capacidad de presión es limitada. Solo los más grandes tienen alguna posibilidad de ser escuchados y éstos no parecen dispuestos a dejar de jugar. Novak Djokovic ya criticó en el pasado la pasividad de Jannik Sinner y Carlos Alcaraz ante estas reivindicaciones, y aunque esta vez el italiano sí se ha involucrado -«sin los jugadores no hay torneo», amenazó-, el liderazgo sigue sin estar claro.
El problema es que los Grand Slams no son clubes ni franquicias que necesiten a sus jugadores para sobrevivir. Son torneos con siglos de historia, infraestructura propia y audiencias globales que existirían aunque los jugadores cobraran menos. O eso creen sus organizadores. Amélie Mauresmo, directora de Roland Garros, lo dejó clara su posición antes de que empezara el torneo: «No vamos a movernos». Argumentó que el prize money se ha duplicado en diez años y que la Federación Francesa de Tenis es una organización sin ánimo de lucro que reinvierte todos sus ingresos.
La pregunta es si los jugadores se atreverán a dar un paso más. De momento, sus medidas han sido tímidas. Las ruedas de prensa ya solían durar menos de 15 minutos -el lunes Rafa Jódar tardó seis en contestar todas las preguntas- y las dinámicas de redes sociales que proponen los torneos ya les resultaban incómodas. La protesta en este Roland Garros no ha comprometido a nadie y, sobre todo, a nadie le ha costado un solo euro. ¿Tienen razón los tenistas? Sí. Cobrar menos del 15% de los ingresos es una anomalía en el deporte. ¿Tiene sentido su protesta? No. Hasta que no haya una amenaza real de boicot, el reparto seguirá siendo el mismo.