A las 7:37 de la mañana he recibido el siguiente wasap: "Desgraciado, Iñako". Como la descarga de ira no había sido suficiente, casi al instante ha vuelto a vibrar mi móvil: "Hijo de puta". He visto el remitente, he sonreído y me he vuelto a dormir. Mi ofendido amigo, una persona sospechosa a la que no hay contratiempo que arrebate la simpatía, estaba indignado porque, en un momento de insomnio, le había robado a Quiñones. Si no saben quién es, no están solos. Yo tampoco lo sabía hace un mes, pero el delantero de México lleva tres goles en el Mundial y se ha convertido en pieza codiciada en la Fantasy, de ahí mi clausulazo traicionero y los dolidos insultos de mi víctima. ¿Me arrepiento? ¿Me da pena? Ni por asomo.
Sí, un amplio grupo de treintañeros y cuarentones jugamos a la Fantasy y nos lo tomamos muy en serio. De hecho, si no escribo que nuestra machirula Liga la ha ganado mi compañera Ana María Ortiz corro el riesgo de que me ponga una vela negra. No miento: las pone. Los problemas físicos primaverales de Lamine no son casualidad. Por si usted es normal, la Fantasy es un juego en el que cada participante tiene un equipo, de fútbol en este caso, y compra y vende jugadores que dan puntos en función de su rendimiento en los partidos reales. Y, sí, lo más hermoso es fastidiar al resto.
Hace tiempo que el grupo de WhatsApp más activo del periódico es el de la Fantasy. Vertebra la redacción entre insultos, no hay otro lugar donde un redactor raso pueda amenazar de muerte a un subdirector sin represalias. Si creen que somos cuatro tarados, la próxima vez que se sienten en una terraza observen qué mira en el móvil el 80% de la gente cuando su acompañante va al baño. Es un negocio que mueve 100.000 millones de euros a nivel mundial. Somos legión. Niñatos, pero legión.
En realidad, este peterpanismo tan extendido en la mediana edad de 2026 es bonito. Existe un sector amargado que, con la superioridad moral que da aburrirse, critica a esos coetáneos que salen de copas, van a festivales, juegan a la consola o, los peores, lucen moñete. Su argumento estrella es: "¡Qué vergüenza! A nuestra edad, nuestros padres no hacían esas cosas". Serían los suyos. Estuve viendo a Van Morrison y el concierto estaba abarrotado de heptagenarios con camisa de flores bebiendo cervezas. La vida es eso.
Crecer implica distanciarte de personas a las que realmente quieres. Mudanzas, hijos, evoluciones diferentes... Quienes fueron parte de ti se convierten en desconocidos a los que no sabes qué decir cuando llamas por su cumpleaños. Por eso, que un jueguecito absurdo provoque que un grupo de amigos se active a las 7:37 es maravilloso. Cada "hijo de puta" es un "te quiero".